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Por Córdoba

Cerro Colorado, entre pictografías y la esencia de Atahualpa Yupanqui

Esta pequeña población emplazada en el norte cordobés, a unos 165 kilómetros de la Capital, se muestra con sus tres cerros principales, arroyos y una vegetación que generan un entorno que desde antaño han atraído a todo ser humano que lo ha conocido. 

Por Robert Keegan.

Es un lugar mágico, tal vez hasta algo inesperado para el visitante que se desvía apenas 11 kilómetros desde la llanura por donde discurre la ruta nacional, a la altura de Santa Elena, y de repente se topa con estas serranías.

En los más de 113 aleros relevados los nativos de estas tierras dejaron plasmada su cultura. (Keegan Ediciones)

Y ese magnetismo le va llevando al visitante a bajar el ritmo y a encontrarse con buena parte de las raíces de nuestra cultura y, fundamentalmente, con uno mismo: las pictografías, el legado de Atahualpa Yupanqui, un arroyo que invita a refrescarse en el lugar conocido como Las Galerías y un conjunto de auténticos artesanos definen a este lugar.

Las Galerías, el sector más elegido para refrescarse en el río. (Keegan Ediciones)

En estos tiempos de pandemia es necesario advertir al visitante que el museo y las pasarelas para observar pictografías del área pública están cerradas, por lo que si alguien quiere visitar algunos aleros, situados en campos privados, será necesario contratar a alguno de los guías habilitados (desde $ 700).

La voz en las piedras

Cerro Colorado es uno de los yacimientos arqueológicos más significativos de la provincia de Córdoba en el que los pueblos originarios dejaron plasmada parte de su cultura, sus creencias, su evolución y el encuentro con el español.

Representación del sol. (Keegan Ediciones)

La presencia de los primeros moradores de este territorio, hasta lo conocido en la actualidad, se remonta a más de 8 mil años. Aquellos primeros nómadas vivían de la recolección de frutos y de la caza, para lo que tenían que proveerse de elementos como puntas de flecha, proyectiles, hachas de mano, morteros, etcétera; y algunos grupos se desplazaban dentro de un área determinada en busca de recursos, por lo que se los denominó nómadas estacionales.

Con el paso del tiempo, los primitivos habitantes comenzaron a dominar técnicas agrícolas que favorecieron el asentamiento temporario y/o permanente, dando lugar a culturas que se consideran agrarias, las que desarrollaron elementos propios de este estado cultural.

Finalmente, las culturas agroalfareras se empezaron a desarrollar en los primeros siglos de la era cristiana. Los habitantes de esta época posiblemente construyeron casas-pozos, sembraron maíz, cazaron animales pequeños y domesticaron la llama, animal que les proveía de lana, leche y carne. También desarrollaron una industria alfarera cuyos artefactos eran de forma globular y fabricaron torteros para hilar la lana.

Hato de llamas, animales a los que luego domesticaron y los pintaron atados con una correa. (Keegan Ediciones)

Todo está plasmado como fiel testimonio en los aleros de Cerro Colorado.

Las primeras noticias. La necesidad de comunicación del hombre a lo largo de la historia propició las más diversas manifestaciones, como el lenguaje, la danza, la música y la pintura, entre otras. Toda expresión de carácter artístico realizada sobre piedra se denomina arte rupestre. 

Gracias a la visión, decisión y acción del entonces presidente Domingo Faustino Sarmiento, se radicaron en Córdoba algunos científicos extranjeros que se agruparon en torno de la Academia Nacional de Ciencias, allá por 1869. Uno de estos infatigables estudiosos y viajeros fue Luis Brackebusch, quien tomó contacto con las pictografías en las serranías cordobesas en 1875. Hacia 1898 fue Damián Menéndez quien puso de manifiesto la existencia de Cerro Colorado en una publicación editada en Buenos Aires.

Pero fue sin dudas un artículo redactado por el poeta Leopoldo Lugones en el diario La Nación, el 26 de marzo de 1903, el que puso a la consideración pública y de manera masiva las pictografías de Cerro Colorado. Desde ese momento, se despertó un profundo interés por este conjunto de petroglifos, inclusive más allá de las fronteras del país.

En la década de 1920 arribó al país George Gardner, quien realizó un minucioso estudio y sistematización de los aleros y dibujos. Estos largos años de investigación quedaron compilados en el libro Rock paintings of north-west Córdoba (Pinturas rupestres del noroeste de Córdoba), editado Inglaterra en 1931.

Unos años después, de 1934 a 1950, el científico Asbjörn Pedersen produjo un meticuloso trabajo de investigación, relevando 113 aleros y más de 35 mil dibujos. Además, confeccionó una serie de láminas utilizando diferentes técnicas ópticas que en la actualidad, y ante la pérdida por el deterioro de algunas pictografías, se han transformado en un verdadero documento histórico-cultural.

Alero El Español, situado al norte del Cerro Colorado denominada El Desmonte. Es uno de los sectores con mayor cantidad de dibujos referidos a los conquistadores. (Keegan Ediciones)

Las pictografías. Cerro Colorado, donde se levanta la población propiamente dicha, es el punto de convergencia de los departamentos Río Seco, Sobremonte y Tulumba. Allí se encuentra el conjunto conformado por los cerros Colorado, Veladero e Inti Huasi, cuyos puntos más elevados se hallan a unos 800 metros sobre el nivel del mar.

Las areniscas predominan en la conformación de los cerros, prevaleciendo el tono rojizo que da motivo a su nombre a causa de la presencia de óxidos como el de hierro, que actúan como cementante de partículas originadas, transportadas y acumuladas durante el largo proceso geológico. Este soporte facilitó la erosión de los diversos agentes como el agua y el viento, determinando las formaciones de aleros, en los que -en general- se encuentran las pinturas.

Esta región abarca un área de unas 3 mil hectáreas que concentra una gran cantidad de aleros donde los aborígenes dejaron reflejada su obra. Pedersen relevó 113 aleros, aunque posiblemente esa cifra de conjuntos alcance a triplicarse.

Las pictografías fueron realizadas durante varios siglos: algunas, las más antiguas, tendrían 1.200 años y, las más recientes, unos 500 años; a través de las cuales se puede apreciar desde la visión aborigen el inicio del proceso de conquista europea.

Escena donde prevalece la figura de un cóndor entre numerosos indígenas armados con arcos y flechas. Debajo del ala izquierda se encuentra la representación de un chamán o hechicero. (Keegan Ediciones)

Los nativos utilizaron básicamente tres colores: el rojo, que lo sacaban del óxido de hierro; el negro, que lo extraían de la pirolusita (manganeso) y el blanco, que lo sacaban del sulfato de calcio a partir del uso de huesos y cáscaras de huevo. A estos componentes lo mezclaban con grasa de animales y preparaban sus tintas en los morteros contiguos a los aleros.

Los petroglifos de Cerro Colorado se pueden clasificar en: antropomorfos, zoomorfos, geométricos y abstractos, constituyendo los símbolos hasta ahora desconocidos entre el 15 y el 20 por ciento del total de los dibujos.

La principal riqueza de las pinturas rupestres de Cerro Colorado es el poder observar el desarrollo del proceso histórico, la evolución cultural de los nativos y, finalmente, ese encuentro de culturas que los indios pudieron plasmar en la piedra.

Numerosos indios en hilera, como si estuviesen formados para una ceremonia  ante la presencia del español. (Keegan Ediciones)

La preservación. Muchas han sido las pinturas que ya desaparecieron a lo largo de varios siglos, inclusive los propios nativos volvieron a pintar arriba de otros dibujos ya desvanecidos. La ubicación de las figuras en los aleros les otorgó cierta protección de los agentes atmosféricos. Pero el ritmo de degradación se ha intensificado en las últimas décadas, y de no mediar un cambio de actitud de propios y extraños, las pinturas rupestres de Cerro Colorado están condenadas a desaparecer en los próximos años.

En las paredes de los cerros ha quedado plasmado el encuentro de dos culturas. (Keegan Ediciones)

En 1954, ante la iniciativa de algunos interesados se dispuso la protección del bosque natural, lo que fue ratificado 20 años después. Hacia 1957 se le dio jerarquía de Parque Arqueológico y Natural, y en 1961 se lo declaró Monumento Histórico Nacional. En 1981, el prestigioso biólogo Ricardo Luti instó a incluir la zona Cerro Colorado dentro de la áreas protegidas durante la 18° sesión de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza desarrolladas en Lima. A mediados de la década de 1980, un grupo de interesados, fundaciones, organizaciones y universidades promovieron la consideración de Cerro Colorado como Patrimonio Natural y Cultural de la Humanidad por parte de Unesco y en 1992, el Gobierno de la provincia de Córdoba dispuso la creación de la Reserva Cultural-Natural, lo que permitió dar los primeros pasos hacia la preservación del medio ambiente.

Cerro Colorado. (Keegan Ediciones)

Aquí canta un caminante

que muy mucho ha caminado

y ahora vive tranquilo

en el Cerro Colorado.

Atahualpa Yupanqui

Ingreso al Complejo Cultural Agua Escondida. (Keegan Ediciones)

Centro Cultural Agua Escondida

Fue y es el sitio que Atahualpa Yupanqui eligió como su lugar en el mundo. Y como todo evoluciona, este solar alberga mucho más que la siempre vigente Casa Museo de este personaje clave en la cultura argentina y de renombre internacional, o la morada final junto al bailarín Santiago Ayala, "el chúcaro".

Casa Museo de Atahualpa Yupanqui. (Keegan Ediciones)

La casa siempre conmueve y permite ingresar a la intimidad del artista a través de objetos y fotografías, pero fundamentalmente de la armonía que irradia. La trayectoria de semejante talento está ahí, al alcance de todos, y los guías acompañan permanentemente de manera amigable a lo largo del recorrido.

Interior de la Casa Museo, donde los objetos son simple herramientas  para lanzar el legado de Yupanqui. (Keegan Ediciones)

En la actualidad, Agua Escondida es un rincón de paz que invita a experimentar una vivencia que nace del interior de cada visitante y que puede disfrutarse durante todo el día: desayunar, almorzar o merendar en el patio del nuevo café cultural Nenette, junto con el trinar de los pájaros es simplemente un regalo al alma; o disfrutar como hacía Atahualpa de unas milanesas de peceto y arroz con leche de postre; y cuando cae la tarde, a veces el canto de los pájaros amaina para dar paso a alguna copla o algún acorde que invade el patio.

Bar y Café Cultural Nenette, con los sabores que apreciaba don Ata. (Keegan Ediciones)

Nenette, la esposa de don Ata, se llamaba Antoinette Paule Pépin Fitzpatrick y fue también su compañera en el arte, musicalizando y escribiendo con el seudónimo Pablo del Cerro, nombre de la biblioteca de Aguas Escondida que resguarda más de 3 mil volúmenes.

Asimismo, es posible disfrutar del arroyo, de recorrer el Paseo de los Cactus y un lugar que es conmovedor, El Silencio. A unos cinco minutos caminando, cruzando el arroyo, se llega a este predio donde la gente se relaja y dedica un tiempo para sí, algunos practican yoga u otras disciplinas que en definitiva llevan a un momento de meditación.

El Silencio, un espacio para la meditación. (Keegan Ediciones)

Agua Escondida es eso, encontrarse con uno mismo y que dicho encuentro perdure lo más posible en el regreso de cada visitante a su terruño y actividades es el desafío. (Horario: todos los días de 9 a 20; entrada $ 300 por persona, que sirve para disfrutar del predio todo el día y los días subsiguientes en el caso que el turista se quede en Cerro Colorado).

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