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Cuaderno de viaje

Volver a los 17, volver a Los Arrayanes

Visité el bosque en el viaje de estudios a Bariloche. 35 años después, lo redescubrí.

Por Cris Aizpeolea (Especial).

Más que un recuerdo de juventud, la foto funciona como una evidencia. Es la prueba de que una vez, a los 17 años, yo visité el Bosque de Arrayanes. En ese momento, como ahora, lo que menos nos importaba del viaje de estudios a Bariloche eran las excursiones que incluían las empresas para justificar el precio sideral de sus servicios. 

Pero allí fuimos. Allí estuvimos. Aunque de ese bosque único en su especie, joya universal de la naturaleza, mi memoria solamente guardó la foto con bastidor de madera de la promoción ’83 del Colegio Alemán. Fue el año de la película Flashdance. Lo confirman las polainas y sobre todo mi melena con rulos, fruto de una permanente que en cualquier peluquería de hoy sería considerada una catástrofe.

Volver al Bosque de Arrayanes con ánimo viajero después de 35 años fue redescubrirlo en su maravilla. No estaba en los planes, pero terminó siendo un gran plan. 

Recién llegada a Villa La Angostura, recorriendo la zona más antigua de esa aldea, un cartel de bienvenida al Parque Nacional Los Arrayanes me tomó por sorpresa, me desorientó. Mi recuerdo del bosque era una foto, pero podía asegurar que aquella vez, 35 años atrás, habíamos llegado por agua, navegando desde Bariloche.

Busqué la cabina de ingreso al parque y largué mis dudas sobre el mostrador. Una chica gentil y un mapa me terminaron de acomodar. “A ese bosque que usted dice, también se puede llegar por aquí, caminando 12 kilómetros por este sendero”, dijo la guardaparque con gesto docente, mientras dibujaba con su dedo índice todo el recorrido marcado con amarillo, de una punta a la otra del papel.

En efecto, desde Bariloche, los catamaranes zarpan desde Puerto Pañuelo. Pero el bosque está en la punta de la península de Quetrihué, una lengua que se interna en el lago Nahuel Huapi y que parece una isla, si no fuera porque queda unida a Villa La Angostura por un hilito de tierra (el itsmo de Quetrihué), justamente lo que permite hacer la travesía caminando.

Se me agitó el corazón de entusiasmo. Hubiera saltado ahí mismo el molinete para lanzarme esa tarde hasta el bosque de color canela, a buscar la casita de madera de la foto con mis compañeros. La guardaparque adivinó mis intenciones y me frenó en seco: “Para ir y volver caminando, tiene que entrar a las 10 de la mañana. Y empezar el regreso a las 15, porque lleva por lo menos dos horas y media cada tramo”.

–Perfecto. Hasta mañana.

Satisfacción garantizada

Nueve horas. Zapatillas de agarre, jeans y campera de abrigo. Agua, sandwichitos de queso, fruta, unas galletas y el termo con el mate en la mochila. Dejé feliz 140 pesos en la boletería (extranjeros pagan 300, estudiantes 60), dispuesta a caminar. 

El sendero hasta el bosque está señalizado. Es como ir en busca de un tesoro, un paseo de satisfacción garantizada que libera recompensas durante la marcha. El primer tramo es el más exigente por lo escarpado, 1.500 metros cuesta arriba, pero la respiración agitada no hace más que agregarle adrenalina a la felicidad de andar.

Llegar al destino demanda no menos de cuatro horas porque es imposible no pararse a cada rato ante las postales que se abren a los costados. Hay dos miradores en el camino (Brazo Norte y Bahía Mansa) y varios bancos de madera para sentarse a (ad)mirar. 

La huella andina, con su banderita argentina, va marcando la ruta y los kilómetros. Al principio intentás tomar fotos, llevar algún registro, hasta que te das cuenta de que ninguna cámara podrá grabarlo como tu retina, que nada lo mira como tus propios ojos. Y te dedicás a eso: a abrirlos lo más grande posible, a respirar hondo, a sonreír con el aire en la cara.

Radales, maitenes, cipreses, quintrales abren y cierran la ventana al cielo. El sendero se afina y se expande, se llena de ramas, de hojas, se vuelve un colchón. Se escucha bien clarito el martillo de un pájaro carpintero, pero la vista se pierde entre los árboles y no lo encuentra.

Sigo por el bosque, como Caperucita. Estoy cerca ya: un cartel avisa que caminé 11 kilómetros y los que vienen en bicicleta (no lo recomendaría, hay que llevarla alzada en largos tramos) pueden dejarla ahí.

El antes y el después

Al llegar veo que el bosque, como los chicos de la foto, también ha cambiado mucho su fisonomía. Por las nuevas prácticas de forestación y de cuidado ambiental, para preservar el suelo de tantas pisadas, el circuito principal se recorre ahora sobre una pasarela de madera con barandas.

Antes, para que se destacaran exclusivamente los arrayanes, cortaban los cipreses, los coihues y cualquier otro árbol. Ahora se respeta todo el bosque nativo y conviven las distintas especies sin perder su esplendor. Eso ha traído más pajaritos, y el zorzal, por ejemplo, se encarga de comer la semilla del fruto del arrayán y resembrarlo por ahí. 

Dicen que este bosque de árboles color canela es de verdad singular, una bella rareza en el planeta. Que había otra gran concentración de arrayanes en Japón, cerca de Nagasaki, pero se vio muy afectada en 1945 por la bomba atómica.

Siempre se dijo que cuando Walt Disney vino a la Argentina en los años ’40 se inspiró en estos árboles para ambientar la tragedia de Bambi. El mito fue refutado por la historia, pero el ardid publicitario le vino muy bien al bosque. 

De hecho, muchos siguen llamando con su nombre a la casita de madera (esa sí está igual a la foto del bastidor) que abre todos los días y todas las tardes, y donde conviene tomarse un rico chocolate antes de emprender el  regreso.

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