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Escapadas

Villa La Angostura, entre cascadas y arrayanes

Una serie de paseos y lugares muy cerca de la villa que se despliega junto al lago Nahuel Huapi. Su riqueza natural y su gastronomía son motivos suficientes para querer volver.

Por Mario Rodriguez (Especial).

Desde el aeropuerto de Bariloche hasta Villa La Angostura hay 80 kilómetros de buena y sinuosa ruta y dos maneras de recorrerlos en auto. La primera lleva poco más de una hora de marcha, sin prisa pero continua. Si manejás, los “ohhhh” y los “mirá, mirá” de tus compañeros de viaje te avisan que te estás perdiendo de algo. Uno de los paisajes más lindos de Argentina pasa a tu lado y sólo lo ves “de ojito”, como a los títulos del diario en el kiosco. La segunda opción –la recomendada– es activar el modo viajero/turista y hacer cuantas paradas sean necesarias. ¿Tiempo? Dos o tres horas, hasta vaciar el termo o llenar las tarjetas de memoria. 

El viaje comienza atravesando la estepa con vegetación baja y cerros nevados a lo lejos. Con el correr de los kilómetros, el bosque andino patagónico gana terreno y los inmensos coihues y cipreses ocultan el horizonte mientras que los ñires, lengas y radales aprietan la ruta contra el brazo Huemul del Nahuel Huapi, que acompaña el resto del camino hasta la villa.

DATOS ÚTILES. Información útil para una escapada a Villa La Angostura.

El patio de don Juan

Del puerto Bandurria zarpamos en el novísimo catamarán de Juan Pablo. Capitán, guía y “chimentero”, nos cuenta historias de algunas de las mansiones que podemos ver desde las aguas del Nahuel Huapi. Ya es mediodía y, mientras la embarcación atraviesa el brazo Última Esperanza, la picada se hace presente con exquisiteces regionales como ciervo, jabalí y salmón, gentileza de Lobo grill y bar, un conocido restaurante local. Devoraba una empanadita de cordero cuando llegamos a nuestro destino en el brazo Rincón.

Al paraje El Arbolito –o Población Martínez– se accede por tierra en una difícil caminata de tres horas o, como lo hicimos nosotros, por agua, en menos de una hora de navegación. En el muelle nos recibe don Juan Martínez, con un sombrero de ala ancha que le tapa las cejas y un abundante bigote que le oculta la sonrisa, pero que sin dudas está ahí. Una vez en tierra iniciamos un breve trekking entre inmensos coihues hasta desembocar en playas solitarias escondidas entre enormes piedras. Treparlas, contemplar el color indescriptible del agua –verde-turquesa y azul profundo– y recibir la salpicadura de las olas compensa el viaje.  

Durante el recorrido de vuelta pasamos frente al hotel Correntoso (ver despiece), el primero de la zona, ubicado en la desembocadura del cortísimo río homónimo en el lago. 

Nahuel Huapi, versión urbana

Devueltos a tierra firme, pero sin alejarnos del lago, recorremos el bulevar Nahuel Huapi. Visitamos El Messidor, un pequeño castillo de estilo francés construido por el arquitecto Alejandro Bustillo en 1942 y comprado en 1964 por la provincia de Neuquén para residencia oficial del gobernador. Al frente, la capilla Nuestra Señora de la Asunción luce hermosos vitraux. Fue construida en 1936, también por Bustillo.

En la zona del puerto se ubica la bahía Mansa, desde donde parten los catamaranes para visitar la famosa isla Victoria, excursión que incluye el paso por el bosque Los Arrayanes. La bahía Brava marca el comienzo del Parque Nacional Los Arrayanes: allí comienza un sendero de 12 kilómetros rodeado de bosques y con tramos de variada dificultad. El trayecto puede hacerse a pie o en bici. Si bien los arrayanes, con su singular corteza color canela y fría al tacto, representan el atractivo principal, otro lugar muy visitado es la “casita de Walt Disney”.

Puente, cerro, bosque y cascada

El río Correntoso es uno de los más cortos del mundo: con 300 metros de longitud, une los lagos Correntoso y Nahuel Huapi. A pesar de su breve recorrido, está atravesado por dos puentes: el de la ruta 40 y el antiguo puente peatonal de madera, lugar obligado para la foto que certifique que pasaste por la villa. Un pequeño cartel indica la prohibición de arrojarse al agua desde el puente, no por el peligro sino porque es el área de desove de las truchas.

Mientras, el cerro Bayo espera la nieve para poblarse de esquiadores y de amantes de los deportes de invierno. A un kilómetro de su base, en una breve caminata entre coihues centenarios se accede al mirador natural de la cascada del río Bonito. Entre altísimos árboles y murallones de roca basáltica, el salto de agua de 36 metros cae a una olla de espumoso verde esmeralda. Comienza a nevar tímidamente y anochece. 

Paseo urbano

La piedra y la madera utilizadas en sus edificaciones le dan a la villa el típico aspecto de una aldea de montaña. Con poco más de 11 mil residentes permanentes, se la ve activa pero sin la histeria de las grandes ciudades. Chocolates, cervezas artesanales y ropa deportiva de montaña ocupan un lugar privilegiado en la avenida principal. La gastronomía de excelencia representa otro motivo más para visitar La Angostura.

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