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Escapadas

Viaje a las estrellas en San Juan

El Leoncito, en San Juan, es el primer y único parque nacional argentino creado para proteger la diafanidad del cielo. A sus pies, el Barreal Blanco se transforma en una pista natural perfecta para el carrovelismo.

Por Graciela Cutuli (Especial).

Falta medio año pero muchos hoteles ya tienen puesto el cartel: “No hay más localidades”. La fecha no es un fin de semana largo ni es en vacaciones, y ni siquiera es en uno de los lugares estrella del turismo local. Porque la cita para el gran show es el Parque Nacional El Leoncito, al filo de la cordillera sanjuanina, el 2 de julio de 2019. Ese día, según indica la marcha de los astros, habrá un eclipse total de sol y San Juan –especialmente Mogna y alrededores– es uno de los pocos lugares del mundo donde se lo podrá ver completo.

No hace falta más para que asociaciones de astronomía de todo el mundo ya hayan completado buena parte de las reservas: porque no sólo una franja de la provincia está en el lugar ideal para ver cómo se hará de noche poco después de las cinco de la tarde, acallando el canto de los pájaros y apagando en el cielo el disco solar, sino que además San Juan tiene, en el Parque Nacional El Leoncito, uno de los mejores lugares del mundo para las observaciones astronómicas.

Casi 300 noches despejadas al año

El Leoncito se encuentra en pleno desierto de altura, a más de 2.500 msnm. Este parque nacional es singular porque es el único en Argentina creado expresamente para proteger la calidad del cielo: no sólo diáfano, de escasa nubosidad y bajísima humedad, sino también con un índice mínimo de contaminación lumínica. En El Leoncito, todo lo que brilla son estrellas.

Rodeada por cerros como el Mercedario –que con sus 6.720 metros le pelea por poco al Aconcagua el título de montaña más alta de los hemisferios sur y occidental–, en esta antigua estancia convertida en área protegida funcionan dos observatorios: el Casleo, con su característica cúpula blanca emergiendo en medio del paisaje ocre por donde andan tranquilamente guanacos y suris cordilleranos, y el Cesco.

Los dos se visitan: en el Casleo hay paseos guiados diurnos que permiten ver los grandes telescopios con que los astrónomos de todo el mundo realizan las observaciones del espacio estelar, y en ambos se organizan también visitas nocturnas para que aficionados y visitantes conozcan las constelaciones y los misterios del cielo austral. Con casi 300 noches despejadas al año, esta parte de San Juan, árida y de gran amplitud térmica, es ideal para iniciarse en los secretos del universo.

Cielo aparte, en la tierra El Leoncito –explica José Rocco, intendente del parque nacional– protege tres ecorregiones: el Monte de Sierras y Bolsones, la Puna y los Altos Andes, con su flora y fauna características. Los guanacos se ven con facilidad; aquí y allá andan también los suris que, junto con un observatorio, figuran en el emblema mismo del parque.

Para los aficionados al trekking, es ideal: hay senderos para caminar hasta diferentes cascadas, hay miradores sobre el imponente cordón del Ansilta y está el ascenso al cerro El Leoncito, que permite tener desde la cumbre una vista en 360° sobre los alrededores. Como explica la guardaparques Mónica Sosa, la subida “tiene unos ocho kilómetros y es de dificultad media, no tanto por la geografía del lugar, ya que no requiere equipos, sino porque la altura misma puede hacer sentir la falta de aire”.

A puro viento

Desde lo alto del cerro El Leoncito se ve claramente el Barreal Blanco, o Pampa del Leoncito, que está fuera del perímetro del parque nacional pero se visita en conjunto. Se trata de una gran depresión ubicada a 20 kilómetros de Barreal –la localidad más cercana al parque nacional y donde se concentran los servicios para los visitantes– de 10x3 kilómetros, el antiguo fondo de una laguna que se secó y hoy luce una superficie asombrosamente plana y cuarteada.

Quiere la naturaleza que aquí sople todas las tardes, entre octubre y marzo, un viento intenso que nunca falla y que atrae a los amantes del carrovelismo: este deporte –que también se practica en las playas de Rada Tilly, en Chubut– invita a subirse en una especie de carro con ruedas donde, en posición sentada con las piernas estiradas, se avanza a gran velocidad sobre los vehículos impulsados a vela por el viento.

Una postal que se repite cada verano, todas las tardes, cuando el sol comienza a caer sobre la planicie y las estrellas se preparan para empezar a brillar con intensidad sobre el cielo sanjuanino.

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La Voz.