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Escapadas

Una fiesta para la Madre Tierra en Jujuy

Crónica de la ceremonia de la Pachamama en Hornaditas, un paraje cercano a Humahuaca. Ofrendas, comida y música en un ritual ancestral de agradecimiento.

Por Silvina Pini (Especial).

Los preparativos de la Pachamama empiezan el 31 de julio, cuando en toda la provincia de Jujuy familias y comunidades cocinan, embolsan papel picado, preparan serpentinas y juntan botellas de distinto contenido que usarán el 1º de agosto y el resto del mes para agasajar a la Madre Tierra.

Y es que la fiesta de la Pachamama es un ritual ancestral que los pueblos originarios, principalmente quechua y aimara, vienen practicando hace siglos en la región andina de Bolivia, norte de Chile, Perú y norte argentino; mucho antes de la llegada del español y el establecimiento de las fronteras actuales. Con la persecución a las religiones nativas, la deidad de la Pachamama comenzó a equipararse a la Virgen María o a la Virgen de Copacabana en Bolivia, expresión del sincretismo.

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La ceremonia tiene el sentido de devolverle a la Madre Tierra lo que ella ha brindado. Para eso, se cava un pozo de menos de un metro de ancho y poca profundidad que simboliza la boca de la Pachamama, a la que se le da de comer y beber. A esto se lo llama chaya, que significa “pago”.

En casa de los Lamas

En el paraje Hornaditas, a pocos kilómetros de Humahuaca, la familia Lamas abre su casa a vecinos, amigos y algunos turistas que se acercan a la vivienda de ladrillos de adobe llevando también botellas, cigarrillos y hojas de coca. El borde del hoyo está adornado con papel picado, flores, lanas de colores y cigarrillos que los asistentes encienden y clavan en la tierra con el filtro hacia abajo. Clarita Lamas está a cargo de la ceremonia y se sienta junto al pozo, las ollas de barro con choclos, guiso de quínoa y calabaza, papines, dulces y confites, y las botellas de vino, gaseosa y cerveza.  

Las parejas van pasando y se arrodillan frente al hoyo, el hombre a la derecha. Los cubren con una manta ceremonial y apoyan las manos sobre la tierra. “Agradecé, en voz alta o con el pensamiento, lo que quieras, y pedile a la ‘Pachita’ lo que necesitás para este año”, dice Clarita a quienes se arrodillan por primera vez. Después les va a acercando la comida y la bebida que debe ser vertida simultáneamente con las cuatro manos. Para finalizar, echan papel picado en las cabezas de la pareja y colocan una serpentina en el cuello a cada uno mientras la gente aplaude.

Las mujeres, guiadas por Clarita, hilan entre todas una gran tira de lana de colores para adornar el hoyo antes de cerrarlo. Entonces, ella se arrodilla junto a su compañero Héctor, coloca el hilo en el borde del hoyo y hablan largamente. Recuerdan que la ceremonia no es parte de una religión y que cualquiera puede participar ya que “todos vivimos en la tierra”. “Nadie vive en el aire ni bajo el agua”, expresan. Emocionados hasta las lágrimas, agradecen lo recibido y piden bendiciones para sus hijos, los hijos de sus vecinos y los viejitos. Los hijos de los Lamas se arrodillan junto a sus padres, cubren entre todos el hoyo con tierra y lo sellan con una piedra. 

Como en toda fiesta, una gran mesa está servida en el patio, donde pasan las fuentes con habas, papines andinos, morcilla de chivo, choclos asados, carapulcra (un guiso a base de charqui de receta antiquísima) y otro guiso de quínoa con calabaza. 

A la hora de los postres se desenfundan los charangos, se traen las cajas y empiezan las coplas y vidalas. La familia Lamas, como tantas otras en Jujuy, festeja en comunidad y agradece los favores de la Madre Tierra. Ceremonias similares se llevan a cabo en las plazas de los pueblos, las escuelas, los lugares de trabajo y los hospitales. Y las fiestas para honrar a la Pachamama seguirán durante todo agosto, como hace siglos.

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