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Escapadas

Un paseo nocturno por Ushuaia

Si a la belleza del entorno que ofrece la ciudad le sumamos la historia de uno de sus habitantes más destacados, el resultado es Noche de Pioneros; una experiencia mágica que recorre la capital más austral del mundo bajo las estrellas.

Por Mario Rodriguez (Especial).

Basta con poner un pie afuera del avión y recibir la primera brisa fresca en la cara para darnos cuenta de que abrimos la puerta a un lugar distinto. Ushuaia es un mundo de fantasía. Sus picos nevados, sus lagos y sus bosques encierran un aura misteriosa que parece salida de Narnia. Si bien los animales no hablan y las criaturas míticas no existen (o no se dejan ver), la magia es tan terrenal como uno quiera creer.

Después de un intenso día de actividad, con los ojos cargados del color de la laguna Esmeralda y el estómago lleno de cordero a la llama, volvemos al hotel para un breve receso. Con las últimas horas del día, rehacemos el recorrido por la ruta 3 hacia la zona de los valles. El paisaje cambia. Los colores se atenúan, la temperatura baja. “Con ese calorcito no derretís a nadie”, parecen decirle los picos nevados al sol agónico. Y el mito se despierta.

DATOS. Información útil para una escapada a Ushuaia.

Ernesto Krund llegó a Tierra del Fuego en 1907. En ese momento, Ushuaia era una aldea que sólo contaba con el presidio -habitado por presos políticos, presos peligrosos (algunos, muy) y guardiacárceles- y un puñado de habitantes civiles. La versión poética dice que “El Colorado”, como le decían, se enamoró del lugar porque le recordaba a su Alemania natal. Una versión menos romántica achaca su desembarco a que encontró en estas tierras apartadas del mundo un sitio donde esconderse, vaya uno a saber de qué.

Una vez en el complejo de Ushuaia Blanca, Mario Cornejo se frota las manos y habla con pausada pasión. Es un profesor que, poco a poco, nos mete en la historia. Mientras ofrece guantes y nos conduce hacia los cuadriciclos, con la misma paciencia docente nos explica los rudimentos del vehículo y el camino a recorrer. Una hilera de “cuadris” subiendo y bajando, cruzando arroyos y embocando un estrecho puente con poca luz y brisa helada, hacen que un neófito (como yo) se sienta Randy Mamola. Atrás va Natalia, de Clarín, calladita.

En la orilla de un río de nombre impronunciable (Larsiparsabk) encontramos los restos de lo que fue el “rancho Krund”. Mario aprovecha el alto para comentarnos que tenía una pequeña abertura a modo de ventana con vista al cerro, que luego llevaría su nombre. Sin embargo, por arte de magia o de marketing, esa montaña terminó denominándose cerro Castor. 

Después de unos minutos de marcha, dejamos los cuadriciclos e iniciamos una caminata internándonos en el bosque de lengas. Allí encontramos numerosas castoreras, con gran cantidad de árboles tumbados o ahogados en los embalses que construyen estos simpáticos y trabajadores animalitos. Según los comentarios, la idea es eliminarlos. La noche se está cerrando, encendemos las linternas y vamos al refugio/réplica del “rancho Krund”.

“Don Ernesto cazaba zorros y vendía las pieles para comprar un poco de comida y un montón de bebida”, comenta Mario al dar un perfil del homenajeado, mientras nos invita vino caliente especiado y un guiso pulsudo. Además de zorros, Krund cazaba guanacos, para alimentarse y para darles de comer a sus únicos compañeros: los perros. En 1938, a los 56 años de edad, ingresó a la Policía local y, por ser un excelente baqueano, participó en la comisión que descubrió el paso Garibaldi, que conecta a Ushuaia con el resto del país. Luego se encargaría de la entrega del correo; a caballo, en verano, y con raquetas o esquíes que él mismo fabricaba con madera de lenga, en invierno.

Nos calzamos abrigos y guantes y emprendemos el retorno. Las luces de los cuadriciclos dibujan siluetas mágicas que no asustan. Bajo el cielo más austral del mundo, las estrellas parecen estar mucho más cerca que en cualquier otro lugar. Pasamos nuevamente al lado del rancho deshecho. La leyenda de “El Colorado” flota en el aire.

Después de recorrer algunos de sus rincones y un pedacito de su historia, Ushuaia no deja de sorprendernos. Es un lugar mágico y tan real que cuesta imaginárselo.

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La Voz.