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Todo lo que hay que saber sobre el Tren a las Nubes

La formación que atrae a viajeros del mundo entero atraviesa el paisaje andino hasta el Viaducto La Polvorilla, una asombrosa obra de ingeniería en plena Puna.

 

Por Graciela Cutuli (Especial).

El famoso viaje del “Tren a las Nubes”. Así lo bautizaron dos estudiantes tucumanos en los años ’60, al ver las nubes de vapor de la locomotora en el tramo Salta-Socompa. Sin embargo, hoy la experiencia es muy distinta a la que se conoció durante muchos años, cuando el trayecto llevaba un día entero a bordo y el tren regresaba bien entrada la noche. Una verdadera aventura entre montañas, con los rulos y zigzags que caracterizan al recorrido trazado en la década de 1920 bajo la dirección del ingeniero Richard Maury. 

Actualmente, gran parte de la ruta se hace en ómnibus, partiendo desde Salta capital. Sólo el último tramo es a bordo de la formación que hizo célebre al ramal C-14 del ferrocarril General Belgrano. 

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La mística se extraña y el resultado no es el mismo: para consolarse, se podrá decir que viajar en bus permite hacer paradas en algunos puntos panorámicos e interactuar mejor con la gente del lugar, que espera con entusiasmo la llegada de los visitantes. El paisaje salteño, por su parte, sigue allí intacto y majestuoso, sin importar cómo se llegue a conocerlo y amarlo. 

Paso a paso 

Los pasajeros se reúnen temprano, a las 6.30 de la mañana, en la estación de tren de Salta capital. Es la hora de realizar el checkin, cuando los viajeros reciben una pulsera de identificación y conocen al guía que los acompañará a lo largo de la jornada. Será la persona que ayude a descifrar los secretos de un paisaje puneño que cambia drásticamente. De las primeras yungas hasta el desierto de los cardones. 

Ya sobre el bus, la parada inicial llega poco más tarde, en Campo Quijano, cuando todavía es de noche. Aquí se encuentra el monumento en homenaje a Maury y una locomotora a vapor alemana que se importó en los años ‘20 pero no llegó a ser usada. 

Actualmente, gran parte de la ruta se hace en ómnibus, partiendo desde Salta capital. Sólo el último tramo es a bordo del ferrocarril.

A continuación se cruza el Viaducto el Toro, donde la montaña ya empieza a ofrecer la magia de sus muchos matices minerales, con perfiles rocosos de todas las formas. La mañana emerge con fuerza y es ideal para bajarse y probar las primeras postales del recorrido. Un poco más adelante, el guía indicará cuál de las vigilantes siluetas del paisaje es el imponente Nevado del Acay, de altura superior a los 5.700 metros. Después, otra tanda de fotos al momento de divisar la formación geológica Yacoraite. 

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Cuando los viajeros ya empiezan a conocerse y a entrar en confianza, se para en El Alfarcito. Es uno de los más lindos momentos de todo el viaje porque aquí la Fundación del Padre Chifri ofrece a los turistas un “desayuno campestre”, que incluye infusiones calientes para tomar al aire libre, pan casero, alfajores y empanaditas de cayote. Suele haber artesanos y pequeños productores que ofrecen productos andinos: es una situación imperdible. 

Al mediodía, el bus llega a la estación de San Antonio de los Cobres. La auténtica experiencia del Tren a las Nubes se acerca más y más, a medida que se perfilan las primeras casas del pueblo y la ladera montañosa donde su nombre está escrito en letras gigantes. En este punto del recorrido se está a 3.800 metros y la altura puede hacerse sentir. Para no sufrirla, conviene caminar despacio por el andén hasta la hora de abordar los vagones e iniciar el último tramo de la aventura. 

Ahora sí, el tren se pone en movimiento y a lo largo de 50 minutos no detendrá su marcha lenta hasta llegar al Viaducto La Polvorilla. O sí: frena una vez, a la altura de donde se encuentra la abandonada mina Concordia, para que la locomotora se ubique detrás y empuje al tren hasta el final (no se puede bajar). Es un tramo corto pero impresionante por los paisajes y por la altura, hasta que finalmente el famoso viaducto aparece ante la vista y deslumbra con sus vigas de 63 metros, extendidas a lo largo de 223 metros y a una altura de 4.200 metros sobre el nivel del mar.

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Una obra maestra terminada en 1932, donde los viajeros son recibidos por un grupo de chicos que tocan canciones andinas con sikus y quenas. También entonan la Aurora junto con el ondular de la bandera contra un cielo que jamás se mueve del azul. 

El rito viajero invita a comprar recuerdos de lana y sacar fotos, ayudando a los chicos que vienen con sus llamas y ovejas y habitan estas tierras tan bellas como desoladas. Luego habrá que volver al tren y a San Antonio de los Cobres, pero la magia que emana de las montañas quedará intacta para siempre. 

Cuando el reloj marca las cuatro y media de la tarde es la hora del regreso. Se desanda el mismo recorrido hecho a la ida, pero con una parada a mitad de camino en Santa Rosa de Tastil. Allí se puede visitar el pueblito y el Museo de Sitio, que informa sobre las ruinas locales y el papel del antiguo poblado en la ruta del Camino del Inca.

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