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Tan linda que dan ganas de volver

La ciudad norteña está cada vez más linda. La cuidada arquitectura colonial, museos y paseos, plazas y peatonales, y la amable simpatía de los salteños hacen de Salta un destino para visitar cuantas veces se pueda.

Por Juan José Erramouspe (Especial).

Por una decisión del Ministerio de Turismo de la Provincia, el eslogan cambió: antes, era “Salta la linda” y ahora es “Salta, tan linda que enamora”. Y es absolutamente cierto. La capital norteña, ahora más cerca por vía aérea (el viaje dura poco más de una hora), está como envuelta para regalo: calles limpias y prolijas; casonas coloniales muy bien conservadas; monumentos históricos y culturales por doquier; floridas plazas, y un importante menú de atractivos turísticos.

A todo ello se debe sumar la calidez y simpatía de los salteños, con su hablar melodioso, su profundo sentido de pertenencia, su orgullo provinciano y su fuerte defensa de las raíces históricas y folklóricas. En Salta, son pocos –si los hay– los que no cantan, no tocan un instrumentos musical o no saben montar un caballo.

Y esto quedó patentizado el día del homenaje a Martín Miguel de Güemes (el pasado jueves 17), cuando el gobernador de la Provincia, Juan Manuel Urtubey, encabezó los actos vestido con un elegante traje de gaucho y poncho chalchalero al hombro (ver página 5).

La ciudad, como queda dicho, además de su arquitectura colonial y su cuidada urbanización, ofrece una serie de circuitos y atractivos que no pueden dejar de visitarse. Como hacer una caminata por el Paseo Balcarce, por la calle del mismo nombre entre la avenida Entre Ríos y la estación del ferrocarril, una zona muy parecida a nuestra calle Belgrano, en barrio Güemes, con negocios, bares, restaurantes, pubs y peñas.

Circuito colonial. En el cuadrado formado por las calles Mitre, España, Zuviría y Caseros está la hermosa plaza 9 de Julio, ombligo de la ciudad. Sobre España, la Catedral Basílica (con un juego de reflejos en el vecino y espejado Banco Macro) y el Palacio Arzobispal, dos monumentos arquitectónicos para dejar grabados en la cámara fotográfica.

Sobre Mitre, bajo la recova, se ubica el Museo de Arqueología de Alta Montaña (Maam), que vale visitar para conocer algo de los pueblos originales incas y los famosos Niños del Llullaillaco (la Doncella, la Niña del Rayo y el Niño), tres cuerpos hallados en la cumbre de ese volcán y erróneamente llamados momias. No lo son, ya que se trata de niños ofrecidos en sacrificio a los dioses por los incas, conservados mediante criopreservación.

El paseo puede continuar por calle Caseros, donde se encuentran el Cabildo Histórico; el Teatro Provincial; la Casa de Uriburu o Museo Nacional Histórico; la hermosa y difícil de fotografiar Iglesia de San Francisco, y el Convento San Bernardo, casi al pie del cerro del mismo nombre.

Este circuito permite observar casonas y edificios verdaderos monumentos arquitectónicos, muestra de un rico pasado colonial, solo afeado por la polución visual de la maraña de cables telefónicos y de energía eléctrica.

A escasas tres cuadras de allí se emplaza el Parque San Martín, desde donde parte el teleférico que lleva a la cumbre del cerro San Bernardo, atalaya natural desde el cual se pueden obtener increíbles vistas panorámicas de la Ciudad de Salta.

Al cerro también se puede subir en automóvil y, como lo hacen algunos estoicos deportistas, caminando por la calle o trepando los 1.002 escalones de la escalera. Dejo constancia que no los conté yo, sino que la cifra fue proporcionada por la guía que nos acompañaba.

Entre el cerro San Bernardo y su vecino 20 de Febrero se ubica el imponente monumento al general Martín Miguel de Güemes, héroe nacional al que los salteños le brindan una notable devoción.

A espaldas de la evocación ecuestre, enmarcado por el barrio Tres Cerritos, de rica arquitectura colonial, y sobre la pared de piedra, se construyó el hotel Sheraton Salta, el primer cinco estrellas de la ciudad, cuya arquitectura no rompe la armonía del entorno sino que la complementa. El hotel es utilizado no sólo por los huéspedes, sino que también los mismos salteños lo han adoptado como lugar de reuniones sociales.

Como el jueves 17, cuando el partido que Argentina ganó 4 a 1 frente a Corea del Norte convocó a muchos espectadores, entre ellos, al gobernador Urtubey y parte de su gabinete.

En la ciudad capital, no deje de ir a alguna de las muchas y típicas peñas, donde podrá corroborar lo dicho al principio: los salteños –arriesgo que todos– saben cantar una zamba o tocar una guitarra.

En las afueras. Allí nomás, a 10 kilómetros, por ejemplo, se encuentra San Lorenzo, el Portal de las Yungas, un paraíso de exuberante vegetación subtropical, a 1.450 msnm.

A 86 kilómetros al sur de Salta se extiende el dique Cabra Corral, tercero del país en extensión con 127 kilómetros cuadrados. El inmenso espejo de agua está enmarcado con altas y azules montañas que tiñen la superficie. Allí se practican deportes náuticos, paseos en catamarán del Hotel del Dique y rafting, sobre el río Juramento.

Y si el viajero decide hacer algunos kilómetros más, lo esperan los Valles Calchaquíes, Cafayate, Cachi, Orán, Rosario de la Frontera o Tartagal, por mencionar algunos destinos inolvidables.

Temas: #Salta

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