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Cuaderno de viaje

Pampa del Leoncito: Todas las estrellas del mundo

Cómo es quedar en medio de la nada, cubierto por un manto de estrellas. 

Por Graciela Cutuli (Especial).

Tres veces y cero suerte: eso pensábamos hasta la última vez que fuimos a la Pampa del Leoncito, esa gran planicie de 10 kilómetros de largo por tres de ancho que está justo al pie (pero afuera) del Parque Nacional El Leoncito, en la provincia de San Juan.

Lo de la falta de suerte es porque este lugar, también conocido como Barreal Blanco, es famoso por la práctica de carrovelismo: pero la primera vez que fuimos, aunque era la temporada en que se levanta el viento a las seis de la tarde (de diciembre a marzo), el aire estaba denso e inmóvil. Gajes del oficio.

La segunda vez era primavera y no hubo tiempo en la hoja de ruta. Y la tercera, además de ser en pleno invierno, el plan era otro: ir a ver en familia el eclipse total de Sol en el privilegiado escenario sanjuanino.

Pampa del Leoncito esperando la noche. (Graciela Cutuli)

Pero como la tercera es la vencida, justamente fue esa vez cuando descubrimos la verdadera magia de la Pampa del Leoncito. Ya era de noche, bien cerrada, y volvíamos de observar el cielo “de cerca” con poderosos telescopios dentro del Parque Nacional. El frío arreciaba. Al pie de la Cordillera se descubre, si no se sabía, lo que es la amplitud térmica. Pero al bajar hacia la ruta de regreso a Barreal tuvimos la curiosidad de entrar, en plena oscuridad, a la gran planicie. Hubo que prestar atención. Aunque de noche no se ven las señales que marcan el ingreso, pronto pudimos ubicarlo y acceder por el camino de tierra que desemboca en la pampa.

Allí estacionamos y apagamos las luces. Y como un eco, se encendieron las que brillan en el cielo. Miríadas de estrellas nos miraban en 360 grados. Puntos de luz infinitos sin interrupción en el horizonte, sin nubes, sin sonido, rodeaban como un cortejo estelar una Vía Láctea majestuosa que flotaba sobre nuestras cabezas. Asombrados, sin palabras, mientras uno fotografiaba el cielo y el movimiento lento de las estrellas, dos nos quedamos inmóviles para no perturbar ni con un susurro esa inmensidad. Y el último, emocionado, se dejó abrazar largo rato por ese cielo encendido; y cuando no hubo más remedio que despedirse dijo, muy bajo, como para unos oídos invisibles: “Chau, cielo, cuidate”.

Cielo Pampa del Leoncito. Traza de estrellas. (Román Dumas)

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La Voz.