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Argentina

Oda a la naturaleza

Una visita a la Reserva Natural Yabotí, en Misiones, declarada Reserva de la Biosfera en 1995 por la Unesco, permite adentrarse en los secretos más celosamente guardados de la naturaleza. Dentro de la selva, se abren paso el río Uruguay y el arroyo Yabotí. La mayor atracción son los Saltos del Moconá.

Por Gustavo Rebord (Especial).

En la provincia de Misiones se puede entender cómo funciona un tipo de hábitat, en apariencia fuerte pero precario, ante la intervención desacertada del hombre y recibir como contraprestación, una nueva relación con la naturaleza.

En 1993, el gobierno de Misiones creó la Reserva Natural Yabotí (tortuga, en guaraní), en unas 250 mil hectáreas, y en 1995 la Unesco declaró al área Reserva de la Biosfera y conservó el nombre original, Yabotí.

Un sector se preserva con el concepto actual de desarrollo sostenible, con el objetivo de conciliar la presencia humana y el uso de los recursos naturales.

La Reserva Natural Yabotí se ubica en la zona centro-este de la provincia, a 70 kilómetros de la localidad de El Soberbio.

La designación de reserva se debe a la gran diversidad de especies de flora y fauna existente, en lo que ambientalmente se da en llamar selva paranaense o selva misionera. En ella se permiten actividades económicas sustentables en el tiempo; pequeños asentamientos humanos; tareas de investigación, y educación en conservación.

La Reserva Natural Yabotí se compone de cuatro partes: núcleo; zona de amortiguación; otra de transición (con reservas privadas y públicas de mayor actividad turística), y sector de influencia que alcanza a los pueblos de San Pedro, San Vicente y El Soberbio, entre otros.

Dentro de la designación como zona núcleo, se encuentran los Parques Provinciales Esmeralda, Caa Yari y Moconá.

Los saltos. La mayor atracción del parque lo constituyen los Saltos del Moconá (en lengua indígena “el que todo lo traga”). Están conformados por una falla geológica que produce un cambio de nivel en el curso del río Uruguay, con la particularidad de que la caída de agua es paralela al cauce del río.

De esta manera se conforma un cañón de tres kilómetros de largo y de 25 a 50 metros de ancho, con cascadas de entre cinco a siete metros. La roca basáltica sobresale en medio de las caídas lo que produce un contraste de colores.

El cauce del río es de profundidad variable; así como emergen las piedras, en el sector denominado “La Olla” alcanza una profundidad máxima de 120 metros.

Para poder contemplar los saltos de agua es necesario tomar una embarcación en el puerto del parque, llamado Piedra Bugre, cercano al centro de servicios. Desde este punto parten embarcaciones con experimentados timoneles, que se adentran por las turbulentas aguas unos 1.500 metros.

La cortina de agua se abre sobre las piedras y cae con fuerza, lo que produce remolinos y una fina lluvia. El vigor del agua y el ruido provocan fuertes emociones y además, se obtienen vistas del cañón que son de una belleza inigualable.

La costa brasileña, compuesta de piedra basáltica desnuda, posee un nivel más bajo, por lo que frente a las crecidas, el río desborda hacia ese sector, donde adquiere un ancho máximo de 500 metros.

Las vistas a los saltos varían según el caudal de agua que el río trae, ya que puede crecer por precipitaciones o por apertura de las esclusas de los embalses en el cauce superior, hasta hacer desaparecer las cascadas.

Lo que hay que saber

Acceso por ruta provincial 2 (asfaltada) desde El Soberbio, 78 kilómetros.

En el parque hay servicios mínimos por lo que se aconseja llevar provisiones para pasar el día.

Costo del paseo en lancha por los saltos, $ 60

Llevar ropa adecuada para actividades al aire libre y extensas caminatas

Infaltable: la cámara de fotos

En el parque no hay energía eléctrica ni señal de teléfono móvil.

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La Voz.