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Argentina

Mundo de pingüinos

La ola sube gorda y es cuando se escucha la orden: ¡ahora! 

Por Redacción LAVOZ.

La ola sube gorda y es cuando se escucha la orden: ¡ahora! 

Es un pequeño momento el que resta para saltar a la roca gigante que asoma sobre el mar con una costa escarpada que dibuja la isla Pingüino.

El desembarco es una aventura. De a uno por vez y haciendo equilibrio sobre el manto de mejillones pegado a la superficie, toda la tripulación desembarca en la isla. Todos ilesos asegura el éxito de la travesía en más de 10 años.

La segunda orden impartida por los guías expertos que conducen la expedición es: silencio. Hay un sendero que se eleva siguiendo la pendiente y en la punta del paisaje se yergue un faro de más de un siglo y ruinas de construcciones de ladrillos que albergaban al cuidador del faro y su familia. 

Caminar en silencio es el modo de transitar por este área protegida, donde la primera colonia que recibe al visitante es de pingüinos de Magallanes.

Las voces humanas los estresan. Y es fácil darse cuenta al mirar por entre las piedras y las matas, que asoman sus cabezas y giran casi en 180 grados de un lado al otro. Por momentos, se ponen de pie, dejan sus nidos y aletean. Se producen escaramuzas entre algunos intrusos pero, lo peor es cuando el skúa, un pájaro que anida cerca y no sólo ataca al visitante para protegerse, sino que junto con las gaviotas aprovechan ese instante para robar o picar los huevos a los pingüinos y terminan con su ciclo vital.

Desolado, perdido y aturdido, el pingüino queda en el lugar en búsqueda de lo imposible. Tamaña realidad, es para el extraño que los visita, una enorme responsabilidad. 

Y así, casi como en un convento, la fila de viajeros avanza a pasos suaves y se detiene frente al Faro y detrás, donde un cañadón depara la sorpresa de la temporada. 

Es allí donde cada octubre, llega la colonia de pingüinos de penacho amarillo que son de menor tamaño que el de Magallanes y poseen un estilo punk, con su mechón parado en la cabeza, sus grandes pestañas amarillas y sus ojos rojos. 

Hasta tiene una postura que en un humano será de alzar los hombros con el gesto de “qué me importa”. Ni se inmutan. Pasan en fila a metros de los intrusos y nada ni nadie los hará cambiar de recorrido. 

Su nido es el mismo que la temporada pasada. Son la ternura extrema. Y se ganan la atención de los visitantes. 

Si es octubre, se los verá saltar desde las olas hacia las rocas. Si es verano, se los verá cambiar el plumaje en algunos casos, empollar sus huevos y hasta se podrá disfrutar de los pichones que son un espectáculo de la naturaleza plena.

Algunos nadan en el mar mientras aguardan que la misma ola barrenada los lance a las rocas, donde caen de panza y de un salto se incorporan para remontar de a saltitos y avanzar unos mil metros. Parecen un dibujo animado. Hay uno que está embalado y hace 23 saltos, con las patas juntas, sin parar. 

Emociona el esfuerzo y la naturaleza en estado purísimo del momento. La isla es el lugar más septentrional donde se los puede ver aunque también se los observa en islas Malvinas, archipiélago Antártico, frente a las costas sudafricanas y en Nueva Zelanda.

 Esta especie mantiene en un 75 por ciento a su pareja estable durante toda su vida. Llegan primero los machos, luego lo hacen las hembras. Se turnan para empollar los dos huevos, de los cuales sólo uno asegurará la reproducción y los pichones abandonarán pronto el nido hasta que con el plumaje aceitado (loción que ellos mismo producen) volverán a fines de marzo y principios de abril al mar que no abandonarán jamás hasta la próxima temporada reproductiva.

La tarde se vuelve gris y se agudiza el frío. Se pierde la noción por un rato de quiénes son los observados, si los viajeros o los pingüinos.

Una caminata por la isla lleva hasta donde descansan los machos de una colonia de lobos. Luego, cerca del faro, las rocas de la playa, y siempre entre pingüinos, se almuerza. 

El clima cambia en alta mar y de pronto el gris cubre el cielo y unas gotas rozan los rostros cubiertos de viento. 

De nuevo al abordaje. Trepar la nave que surca el océano hacia Puerto Deseado, donde aún faltan descubrir las historias de corsarios, piratas y navegantes de todos los mares. Y las estancias, que abren sus tranqueras para recibir a los visitantes.

Otros atractivos

La visita a estancias centenarias, con asado criollo patagónico, la visita al Museo ferroviario donde se cuenta parte de la historia del lugar que inspiró la película La Patagonia Rebelde, son atractivos para toda la familia.

Chacras. Chacras con frutales en Tellier y Los Álamos invitan a disfrutar del verano rural con un típico asado patagónico y recorrida por las instalaciones. 

Deportes. Mountain bike, kayak y travesías en semi rígidos y en 4x4 por los caminos internos que rodean a la ría, extienden la visita que para los amantes de la vida gourmet tiene el valor agregado de visitar los restó donde los frutos de mar coronan la travesía.

Gruta de Lourdes. A 14 kilómetros del centro de Deseado está la Gruta de Lourdes donde cada septiembre, desde 1947, se realiza la peregrinación a la gruta ubicada en el corazón del Cañadón.

Bajada de la ría. En enero se realiza la Bajada de la Ría en kayak y convoca a entusiastas profesionales y amateurs al igual que el cruce a nado de la ría hacia el final del verano.

Historia. En auto o de a pie, se pueden recorrer 14 puntos significativos de la historia como los relacionados con la Patagonia trágica, la protesta que terminó con el fusilamiento de un millar de peones laneros entre la primavera de 1920 y el verano de 1921. 

Completa el circuito una visita al Museo Municipal Mario Brozosky donde se pueden apreciar las piezas y elementos rescatados de la Corbeta Swift, hundida frente las costas de Puerto Deseado en 1770.

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