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Escapadas

Misiones, frontera verde

En la exuberancia misionera hay lugar para todo: selva, tierra colorada, saltos, ruinas jesuíticas, plantaciones de yerba y la mayor biodiversidad del país, entre tantas otras cosas.

Por Pablo Bertorello (Especial).

En el corredor verde ubicado entre Argentina, Brasil y Paraguay, la naturaleza se expresa a gritos. Misiones es tierra de vegetación espesa, donde hay que entrar a machetazos para encontrar un salto, una cueva o quizás las huellas de un yaguareté.

Cada vez hay más emprendimientos que apuestan al turismo sustentable. Y si bien algunos están sobre las rutas, la mayoría exige alejarse de los caminos de tierra colorada, perder la señal del teléfono, agudizar los sentidos y ser una especie más dentro de una de las áreas más ricas en flora y fauna del país.

Vivir la selva misionera desde adentro es una experiencia gratificante que conjuga, en un abrir y cerrar de ojos, caminar por senderos entre mariposas de colores, reconocer variedades de palmeras y encontrarse cara a cara con algunos de esos reptiles que generalmente dan miedo.

LA EXPERIENCIA DE ALOJARSE EN LOS ‘LODGES’ ES INCREÍBLE. INVITAN A SUMERGIRSE EN LA MAJESTUOSIDAD DE LA SELVA PARANAENSE Y A DESENCHUFARSE DE LA RUTINA  

Imposible permanecer apático

Pasan los años, cambian las pasarelas, se suman hoteles, siguen llegando extranjeros y los argentinos continúan volcándose a las Cataratas del Iguazú. El rugir de las toneladas de agua que rompen sobre el cauce del río Iguazú despierta vértigo, fascinación, aturdimiento y sorpresa.

Y aunque la llegada de visitantes es masiva, todo tiene que tener un equilibrio: tampoco es cuestión de que dentro del Parque Nacional Iguazú haya más personas que vencejos, esas aves de plumaje negruzco que anidan en los paredones rocosos y atraviesan invictas las cortinas de agua.

DATOS ÚTILES. Información útil para recorrer Misiones.

El parque alberga –en casi 68.000 hectáreas de selva paranaense– 162 tipos de lianas, 101 especies de árboles, cuatro tipo de tacuaras y 85 variedades de orquídeas. “En cuanto al reino animal, aquí tenemos 500 de las 1.000 especies de aves que hay en el país, 50 tipos de serpientes (10 venenosas), seis de felinos y cualquier cantidad de monos y coatíes”, señala el guía que acompaña en el Paseo Gran Aventura, que recorre unos cinco kilómetros por el sendero Yacaratiá hasta el Embarcadero Macuco.

Luego, el trámite es rápido: ponerse los chalecos salvavidas y guardar pertenencias. En adelante, el gomón avanza por los rápidos del cañón del Iguazú hasta que comienzan a aparecer los saltos y todas las miradas se pierden en la poderosa Garganta del Diablo. La mojadura está asegurada al enfrentar el salto San Martín, el segundo en dimensión.

Como contracara está la opción del Paseo Ecológico, una travesía a remo por el Iguazú Superior. En el tren de la selva se llega a la estación desde donde parte el sistema de pasarelas de 1.100 metros que atraviesa el caudaloso río, moteado de islas de la selva, y conduce al más imponente de los más de 270 saltos.

Patrimonio de la Humanidad

La siguiente parada son las Ruinas de San Ignacio Miní (la menor), por oposición a San Ignacio Guazú (la mayor, la más antigua misión jesuítica de Paraguay), fundada a principios del siglo XVII para evangelizar a los guaraníes. Un siglo después, más de 3.000 personas vivían entre sus muros teñidos del color de la tierra, que en aquellos tiempos estaban lejos de plegarse a la mano civilizadora del hombre.

Ingresar al predio que ocupan las reducciones es un viaje al pasado en el que es posible reconstruir con bastante nitidez la vida cotidiana de aquel pueblo que soñaron los jesuitas, y que sólo funcionó entre 1695 y 1767, cuando la Compañía fue expulsada del país. Las paredes anchísimas resisten allí como testimonio de un proyecto trunco, pero también de la vida y la muerte de miles de guaraníes en lo que por entonces era la República Jesuítica del Paraguay.

Como en casi en todas las misiones, el trazado urbanístico se basaba en una plaza de armas central, delimitada por los dos edificios más importantes: el cabildo y la iglesia. Y a su alrededor se levantaban las viviendas de los sacerdotes y los aborígenes, los almacenes, los talleres, el colegio, y los hospitales.

La forma más lenta pero enriquecedora de recorrerla es con guía, para llevarse una mirada más profunda del pasado que, a la hora del espectáculo de luz y sonido, parece extrañamente vivo.

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La Voz.