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Argentina

Las fauces del agua grande

Una visita a las Cataratas del Iguazú tiene su momento cumbre cuando se llega al borde de la Garganta del Diablo. En guaraní, Iguazú significa “agua grande” y las cataratas ratifican el nombre. Moconá también tiene lo suyo, desde sus propios saltos a la imponente selva.

Por Juan José Erramouspe*.

El visitante ingresa al Parque Nacional Iguazú; camina hasta la estación central; se sube al tren ecológico, que lo dejará en otra estación tras unos 20 minutos de viaje; camina dos kilómetros por pasarelas de metal, sobre el correntoso Iguazú, y llega al borde del abismo, donde el diablo parece esperarlo para tragárselo por su garganta.

Ese solo tramo de una visita a las Cataratas del Iguazú, ya justifica el viaje. Al llegar al balcón que se abre sobre la Garganta del Diablo, después de lograr un lugar junto a la baranda, podrá asomarse a esa vorágine de millones de litros de agua que caen 82 metros y que, al llegar abajo, al cauce del río, levantan una enorme nube de vapor. Parece que el agua hierve en una pavorosa olla de piedra.

A los detalles “técnicos”, históricos y estadísticos, como la cantidad de litros por segundo que trajo la última creciente del río y se llevó varios tramos de la pasarela; o que en días “tranquilos” entran al parque alrededor de 7.000 personas y en temporada alta 10.000, o que el recorrido completo puede demandar dos días de visita, los encontrará en Internet (www.iguazuargentina.com). Acá le contaremos qué se siente.

Para los primerizos, es aconsejable pasar por el Centro de Interpretación que se encuentra a pocos metros del ingreso. También allí podrá solicitar la información adecuada para el mejor aprovechamiento del tiempo. Muchas excursiones se venden con el acompañamiento de guías.

Ya sea que se trate de la primera visita o que sea reincidente, la sensación es la misma: asomarse al borde del balcón quita la respiración y despierta un ambiguo sentimiento, mezcla de admiración y temor, que lo tendrá unos minutos absorto mirando hacia las fauces del salto.

Eso sí, vaya preparado para salir mojado, porque la nube de vapor no respeta edad, sexo ni nacionalidad, y si no, pregúnteles a los japoneses que con sus equipos de última generación quieren tener la mejor foto y terminan “duchados”. 

Claro que si va en verano, el calor misionero le hará disfrutar de esos momentos de fina llovizna como un bálsamo refrescante.

Una vez que se asomó a la Garganta del Diablo, regresar hacia la estación del tren le permitirá optar por dos alternativas: el circuito superior o el inferior. El primero, que tiene poco más de 600 metros y demanda 1,30 horas de recorrido, es un paseo panorámico por el borde de los principales saltos, como el Dos Hermanas, Ramírez, Bossetti y Adán y Eva. Es impactante ver las caídas de agua desde arriba y este año se prevé extender este circuito en 1.000 metros más, para permitir la visión del impresionante salto San Martín.

El circuito inferior, en tanto, es una pasarela de 1.700 metros que permite circular por la selva y disfrutar de los saltos desde la rompiente de estos, en un paseo de casi dos horas. El salto Dos Hermanas, el Chico y Ramírez forman el primer tramo, que termina en un balcón frente a la imponente pared de agua del salto Bossetti. Acá también, si quiere la mejor foto, se tendrá que mojar.

La segunda etapa de este circuito termina en un balcón hacia el cañón del Iguazú y allá, al fondo, la imponencia de la Garganta del Diablo, para “la foto”. Continúa la pasarela del tercer tramo que pasa por los saltos Álvar Núñez, Elenita y Lanusse. El circuito inferior comienza y termina en la plaza Dos Hermanas, donde se puede comer, beber y utilizar los sanitarios.

El show de los coatíes

En este lugar hay un espectáculo aparte: la presencia de gran cantidad de coatíes, mamíferos cuadrúpedos que parecen una extraña mezcla de pequeños osos con gatos. Según los guías del parque, antes eran carnívoros y ahora son omnívoros, porque la presencia de los turistas que les dan alimentos de humanos los han hecho variar su dieta natural.

Así, la plaza Dos Hermanas se ve invadida por coatíes en busca de alimentos, desde pedazos de hamburguesas hasta golosinas, pasando por papas fritas. Los animalitos se han acostumbrado a buscar comida “fácil”, por lo que manadas de ellos recorren las instalaciones de la plaza con mayor o menor osadía y algunos se trepan a las mesas para robar los restos de alimentos. Fuimos testigos de lo ocurrido a una señora japonesa quien, muy contenta y feliz por la simpática presencia se sentó con su bandeja, en la cual tenía una hamburguesa envuelta y su botella de agua.

Apenas se acomodó, un coatí se trepó a la mesa y ella, asustada, se levantó aterrorizada con la botella de agua y su sombrero en la mano. Fue lo único que le quedó, porque el coatí se encargó de desenvolver la vianda y comerse la hamburguesa ante la mirada absorta de la señora oriental.

Ahora, los coatíes sufren de males propios de los humanos, como obesidad y diabetes. Por eso, hágales caso a los guías y guardaparques: no los alimente. Y atienda a los carteles que advierten no tocarlos, pues una mordida de estos animalitos le puede costar un dedo.

Otros senderos

Hay una alternativa, mucho más activa que tomar el tren ecológico en la estación Central y bajarse en la estación Cataratas o Garganta del Diablo. Es el Sendero Verde, que permite internarse en la selva paranaense e ir conociendo la flora y fauna de la región.

Se inicia a metros de la estación Central y termina, 650 metros más adelante, en la estación Cataratas.

Finalmente, para los más aventureros, está el sendero Macuco que tiene 3,5 kilómetros de extensión y se adentra en una zona selvática muy cerrada. Por eso y para que los siete kilómetros de ida y vuelta se hagan con luz natural, se permite el ingreso desde las 8 hasta las 15.

Este sendero también parte desde la Estación Central y finaliza en el salto que forma el arroyo Arrechea, uno de los muchos afluentes del río Iguazú.

Durante el recorrido hay que estar atento a la presencia de algunos representantes de la fauna propia del lugar, como los monos caí, que andan por los árboles en manadas numerosas. Pero lo más seguro es que sean ellos quienes descubran a los visitantes, víctimas de su curiosidad. En este caso, al igual que con los coatíes, tampoco hay que alimentarlos. Ellos lo hacen.

*Especial

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La Voz.