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Argentina

La historia bajo los aleros

La administración del sitio organiza las visitas guiadas en grupos que parten cada dos horas. Encolumnados detrás del guía comenzamos a circular por las pasarelas, los aleros hacia la derecha, el cañón del río abajo, y tras unos cientos de metros comienzan las expresiones pictográficas.

Por Redacción LAVOZ.

La administración del sitio organiza las visitas guiadas en grupos que parten cada dos horas. Encolumnados detrás del guía comenzamos a circular por las pasarelas, los aleros hacia la derecha, el cañón del río abajo, y tras unos cientos de metros comienzan las expresiones pictográficas.

El sitio posee incontables aleros y una cueva principal, el primero de ellos muestra una imagen en blanco y negro. Son manos en negativo, apoyadas sobre la roca, superpuestas con una aureola de color, como si se hubieran hecho con un aerógrafo (se presume que soplaban a través de pequeños huesos perforados).

Estas pinturas se encuentran protegidas de la lluvia y del sol, por las salientes rocosas que forman los aleros.

El guía narra que esas pictografías se realizaron en un extenso período que comenzó en el 7300 antes de Cristo y se extendió al 1000 de nuestra era. 

Comprende tres niveles culturales: el más antiguo representa escenas de caza, hombres que persiguen manadas de guanacos y choiques; el intermedio con las características manos y algunos animales aislados, y el último período con dibujos geométricos, líneas y círculos concéntricos entre otros objetos.

Seguimos el recorrido por las pasarelas, cada vez más sorprendidos, en este punto aparecen las culturas tehuelches y pretehueches que algunos estudiosos denominan sasapedrenses y todelses. Aparecen dibujos en vivos colores, que son verdaderas escenas, con distintos animales, soles, aguadas y geométricos hombres.

Una imagen muy emotiva consiste en dos brazos con sus manos hacia arriba, sobre ellas unas líneas que parecen un pájaro en vuelo y al lado un hombre que danza. Se dice, que la función de las pinturas tiene que ver con rituales mágicos y religiosos.

Otra escena de caza, muestra el uso de múltiples colores (obtenían, el rojo de la hematina; el blanco de la piedra caliza; el negro del carbón vegetal y el ocre y amarillo de la limonita, todos obtenidos en lugares cercanos. Usaban sangre y grasa de los animales cazados para la elaboración de los pigmentos.

Después de recorrer unos 200 metros de aleros, cubierto de expresiones pictográficas e increíbles vistas del cañón, aparece el plato principal, la cueva que da el nombre al sitio arqueológico.

La cueva

La Cueva de las Manos mide 24 metros de profundidad, unos 15 de ancho y aproximadamente 10 de altura. Es un ambiente húmedo y oscuro y concentra la mayor cantidad de pinturas de todo el sitio. 

Cientos de manos policroma y figuras humanas que cazan. Cubren las paredes y en las rocas del techo cuelgan estalactitas que gotean desde miles de años. El suelo es muy importante, por los datos arqueológicos que brinda a los arqueólogos que desde la década de 1970 trabajan para determinar la dieta de los habitantes y para recuperar utensilios, puntas de flechas, raederas y raspadores.

El guía cuenta que hubo que poner rejas para proteger las pinturas que fueron dañadas con escrituras en aerosol, además, de aquellos visitantes desaprensivos que quieren llevarse un recuerdo y cortan las estalactitas. Por este motivo, sólo se puede circular en compañía de personal a cargo del sitio arqueológico.

La caverna con sus pictografías constituyen una de las máximas expresiones de los pobladores del pasado en Argentina y aunque no fue develado el significado los arqueólogos asumen que responderían a rituales.

La conjugación de expresión estética y un ámbito natural único fueron motivos para que la Unesco en 1999 lo galardonara como Patrimonio Cultural de la Humanidad.  

Al desandar el recorrido por las pasarelas un cúmulo de interrogantes se agolpan en cada visitante. ¿Qué hubiese sido si las distintas culturas hubiesen podido convivir unas con otras, en lugar de sofocarse y aniquilar a la anterior?

Regreso a la estancia

Felices por la visita a la Cueva de las Manos emprendimos el regreso.

Primero descendemos la escalera, cruzamos el puente colgante sobre el río y arribamos al sendero que sube la pared del cañón, donde esperaban las bicicletas. 

Atardece. Apuramos el ritmo del andar mientras los animales se acomodan para recibir la noche. Trepamos varias colinas, después de un último esfuerzo, casi en penumbras apareció el casco de la estancia. 

Desde los corrales, los balidos de las ovejas despedían el día mientras los perros pastores las acomodan y cambian de corral, sin ninguna orden, sólo con el mandato de la rutina diaria. 

Con dos arcos improvisados, el chef y los ayudantes del alojamiento, disputan un picado de fútbol, casi a oscuras. 

El frío comienza a “calar los huesos”, como suelen decir los lugareños y dentro del albergue prendemos la salamandra y en ella preparamos la cena.

Con los últimos balidos nos dormimos cansados pero contentos de la jornada vivida, rica en paisajes y cultura.

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