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Escapadas

Jujuy, pueblos de colores

Cerros monumentales de colores y formas surreales que parecen pintados artificialmente, añosas iglesias y casas de adobe, sitios donde el silencio y la paz ensordecen. Tilcara, Uquía y Yavi son apenas puntos diminutos en la inmensa Quebrada de Humahuaca, hacia la frontera con Bolivia.

Por Alejandro Parada (Especial).

En términos de sensibilidad geográfica, hay dos tipos de espíritus: los amantes del mar y quienes adoran la montaña. Para estos últimos, el Noroeste argentino es una de las mecas en el mundo. La paz, la inmensidad, el clima, la gente, los colores, los olores y la historia hacen de la Puna una porción majestuosa y adictiva dentro del planeta. Si bien es un área increíblemente extensa, hoy solo recorreremos fugazmente un par de pueblos de la Quebrada de Humahuaca y otro en los confines del país.

En el corazón de la quebrada, a 2.465 metros sobre el nivel del mar, se encuentra San Francisco de Tilcara, un pueblo de unos 6.500 habitantes, considerado la capital arqueológica de Jujuy. Habitualmente, es base de los turistas de la región. Su encanto resulta muy particular: calles empedradas o de tierra (a veces muy empinadas), casas bajas de adobe, gente de sonrisa y amabilidad eternas, artesanías regionales por doquier, restaurantes, ríos, actividad cultural, museos, una fortaleza indígena, modestos hostales para mochileros y hoteles de elegancia envidiable. Todo envuelto por montañas épicas en tecnicolor, de relieve y texturas tales, que tanto al amanecer como al atardecer nos dejan enmudecidos.

Profesionales y aficionados a la fotografía encuentran aquí una nueva toma a cada paso. Recorremos la plaza principal y sus decenas de puestos de artesanos; ingresamos a la bella iglesia Nuestra Señora del Rosario (1865), donde apreciamos seis pinturas cuzqueñas que describen momentos en la vida de la Virgen. Luego, subimos al Pucará, una fortaleza de la tribu tilcara situada a unos 80 metros de altura, en la confluencia de los ríos Huasamayo y Grande. Allí obtenemos una fugaz visión de cómo era la vida de los pobladores originarios y una impresionante vista panorámica del corazón de la quebrada humahuaqueña. Varios museos, peñas y restaurantes quedan para el regreso.

DATOS. ¿Qué tener en cuenta a la hora de viajar a Jujuy?

 

Unas horas en Uquía

Continuamos hacia el norte por la RN9 y a unos 30 kilómetros, hacia la izquierda, nos invita a detenermos un pequeño pueblo de intensos matices, Uquía. Desde la misma ruta se ve su plaza principal e, inmediatamente al frente, la iglesia, declarada Patrimonio Histórico Nacional por su belleza edilicia. Este templo data del año 1691 y es muy reconocido por los cuadros de la Escuela Cuzqueña que adornan su paredes; retratos de ángeles arcabuceros que celosamente custodian el interior, portando antiguas escopetas.

Los impactantes cerros de colores, principalmente rojizos y amarillos, que circundan Uquía son un espectáculo en sí mismos. Un breve paseo por la Quebrada de las Señoritas o Yacoraite nos deja sin aliento con sus cuevas, pasadizos e increíbles rojos intensos y ocres. A pocos kilómetros sobre la ruta hacia el norte, la gigantesca estatua de una llama junto a una vasija enmarcan un pintoresco edificio que se mimetiza con el entorno. Es una enorme fábrica de artesanías, cosas hechas en serie, pero hay de todo y a precios increíbles. Tras el acopio de regionales, decidimos pasar la noche en el espectacular hotel Huacalera, en la cercana localidad homónima.

Yavi, un rincón del siglo XV

Al día siguiente continuamos rumbo hacia La Quiaca. Tratamos de no pasar los 60 kilómetros por hora para no perdernos nada. Los cerros son cada vez más distantes, sus formas más caprichosas, los colores resultan menos intensos y las texturas, más suaves.

Las iglesias olvidadas y las casas de adobe que salpican nuestro der rotero nos van alejando de la Quebrada de Humahuaca. Es la puna a pleno. A unos 15 kilómetros antes del destino, nos impactan hacia la derecha unos cerros piramidales veteados de punta redondeada y en serie: son Los Siete Hermanos. Hacia ellos nos dirigimos. Una manada de llamas y guanacos en el camino nos obligan a detenernos para admirar la fauna. A pocos kilómetros, pasando estos colosos, llegamos a un lugar detenido en el tiempo, Yavi. Un pueblo del siglo XV, donde excepto su puñado de pobladores, el resto permanece casi igual gracias a un clima seco y benigno, que no daña las añosas construcciones de barro.

Los sauces en las márgenes del río contrastan con el brutal entorno desértico de la puna que los cobija. La iglesia de Yavi, del año 1690, es la joya de la zona. Conserva gran parte de su originalidad y los enchapados en oro de su ornamentación están intactos. Cruzando la calle de tierra, está la casa del Marqués, antigua casona que perteneció al único marquesado que existió en el país. Casa colonial de paredes gruesas de adobe y techo de tejas y barro, con un patio interno empedrado. Doce habitaciones del museo dejan entrever elementos y aposentos familiares del marqués Campero. En sus jardines interiores funciona un camping, a la sombra de olmos siberianos y sauces.

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