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Escapadas

Esteros del Iberá: naturaleza salvaje al alcance de la mano

Tierra de una biodiversidad apabullante y de mitos y leyendas, el futuro Parque Nacional es uno de los sitios preferidos por los avistadores de aves, fotógrafos de flora y fauna y científicos de todo el mundo. Viaje a la nueva joya del conservacionismo.

Por Guido Piotrkowski (Especial).

La Reserva Provincial Esteros del Iberá –“aguas que brillan”, en guaraní– abarca 1.300.000 hectáreas de tierras pasadas por agua que constituyen el segundo humedal más grande de Latinoamérica, después del Pantanal, en Brasil. El Iberá es, también, uno de los mayores reservorios de agua dulce del planeta: por aquí abajo pasa el acuífero guaraní, que se extiende también por Brasil, Paraguay y Uruguay.

La región está marcada a fuego por el agua, una flora insolente y una fauna desmesurada. Es una tierra profundamente religiosa; atravesada por mitos y leyendas. 

La Reserva Provincial Iberá fue creada en 1983, y tiene varios portales de acceso de sur a norte y de este a oeste. En este terreno fangoso, la biodiversidad es apabullante: 60 especies de mamíferos y 40 de anfibios, 25 clases de mariposas y 1.250 de peces, 350 variedades de aves y 60 de reptiles, además de las 1.400 plantas diferentes. Un descomunal reservorio de vida silvestre que el diario estadounidense The New York Times incluyó entre los 50 destinos del planeta a visitar en este 2018.

DATOS ÚTILES. Información útil para disfrutar de Esteros del Iberá.

La gran laguna

Colonia Carlos Pellegrini fue el punto de partida para el desarrollo del turismo en la región. Con 14 kilómetros de largo, la laguna Iberá es uno de los mejores lugares para avistar fauna. Hay reptiles milenarios y longevos como el yacaré; anfibios gigantes como el cururú o “sapo rey”; roedores de gran porte como los carpinchos; preciosos herbívoros como el ciervo de los pantanos y las corzuelas; monos bulliciosos como los carayá; el cánido más grande de América del Sur, el aguara guazú; y víboras venenosas como la yarará, las culebras y la temible boa curiyú.

El ecosistema del Iberá es atractivo también para aves de toda clase y tamaño: las hay señoriales como la garza y la cigüeña americana, guardianas como el chajá y majestuosas como el jabirú. También hay cientos de pajaritos menos vistosos pero emblemáticos como el martín pescador, el ipacáa, o el yetapá, codiciado por la silenciosa legión de avistadores de aves.

Un ancla turística

La Estancia Rincón del Socorro es propiedad de la Fundación CLT (Conservation Land Trust Fund). Son 13.000 hectáreas ubicadas en el margen este de los Esteros del Iberá, a 80 kilómetros al norte de Mercedes y 40 al sur de Carlos Pellegrini. El Socorro es el ancla turística de la ONG que trabaja, fundamentalmente, en tres ejes: parques, turismo y conservación. 

La estancia es una hostería coqueta por donde deambulan en libertad ñandúes, carpinchos y zorros que se pasean por el parque, y ciervos de los pantanos que se alimentan en la pequeña laguna que bordea la estancia. El hotel ofrece a los visitantes alojamiento con pensión completa y actividades en la naturaleza.

Se organizan salidas a caballo, a pie o en bicicleta que atraviesan pastizales, arroyos, lagos y montes hasta la costa del estero; paseos en lancha por la laguna Iberá, y safaris diurnos y nocturnos. 

Canoas tiradas por caballos 

Concepción de Yaguareté Corá es una ciudad-pueblo de 4 mil habitantes y profundamente devota: muchas de sus casas tienen capillas dedicadas a los santos populares y las vírgenes de la región. Hay cuatro museos, todos inaugurados en los últimos años, dato que habla del impulso que se le está dando al turismo.

La excursión más buscada aquí es la que navega por los esteros en una canoa cinchada a caballo, el medio de transporte tradicional de los isleños. Parte desde Puerto Felipe, un paraje ubicado a una hora de Concepción.

Hasta hace 30 años, unas 50 familias vivían esteros adentro, en las islas. Hoy sólo quedan cinco grupos familiares que se dedican a la actividad ganadera y también al turismo, como Mingo, quien junto con tres de sus  hijos –Nico, Magdalena y Dolores– guía la excursión rumbo a una de las islas, donde CLT construyó un refugio con chozas en las que se puede pernoctar.

Hasta hace un año, Nico se ocultaba cuando los forasteros se acercaban a la isla. Hoy, quiere capitanear la canoa a botador, hacer fotos, aprender español. Nacido y criado en lo profundo del estero, con el bagaje cultural de una tradición centenaria, tiene ahora la posibilidad de codearse con ciudadanos del mundo entero.

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