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Cuaderno de viaje

El boliche de Roberto

Buenos Aires es la ciudad para mí. No la amo, no estoy cómodo en esta enorme porción de infierno urbano, no me veo reflejado en las costumbres, modos y símbolos que conforman su identidad. Pero es la ciudad para mí.

Por Roque Lobán.

Siento que es mi ciudad, lo siento acá, entre el plexo y la garganta. No podría decirlo de otra forma, no existe una explicación menos esotérica para describir esta atracción.

De todos los lugares que conozco de Buenos Aires, quiero referirme a uno que condensa su esencia como si fuera el resultado de una ecuación imperfecta y preciosa, una especie de big bang al revés. Estoy hablando de El Boliche de Roberto. Y no creo estar exagerando: este bar es literalmente un portal hacia otra dimensión. Se trata de un piringundín con más de 123 años de existencia, al que no le hicieron falta demasiados metros cuadrados para tener la vehemencia de un dínamo de bohemia, historia y seducción.

Debo decir que El Boliche de Roberto no es para cualquiera. Hay que tener el alma un poco erizada como gato arisco, porque es una experiencia de alto impacto. No aconsejable para el turista fifí de bermudas marrones, sandalias de vestir, hotel cuatro estrellas y cenas en Puerto Madero. Pero no quiero ser prejuicioso. En todo caso, acompáñeme, venga que le hago una visita guiada, sígame con los ojos, la imaginación y el espíritu; y después, si le gusta, le pone el cuerpo. 

Estamos en Bulnes 331, en el barrio de Almagro, a menos de veinte minutos del centro. Nos encontramos con dos ventanales y dos puertas altas de madera, abiertas de par en par. Son las doce de la noche de un viernes, pero el boliche abre todos los días a las seis y media, hora preferida de los viejos habitué que se animan la tarde con un partido de truco y un vasito de whisky. La vereda está llena de gente joven que toma, fuma y ríe. Algunos sentados en mesas, la mayoría de pie. Un barrido visual nos presenta un amplio espectro de caras; casi ninguna denota inocencia. En el dintel de la puerta hay un fileteado con el nombre del lugar y un epígrafe que dice: “Fundado en 1893”. A los costados se ven tres murales: uno tiene la cara de Gardel; otro, la de Pugliese; y en el tercero baila una pareja apasionada. Puro expresionismo porteño.

Atravesamos el umbral y comienza el encantamiento. Fotos, carteles, notas, pizarras y recortes encuadrados y exhibidos en paredes con revoque irregular. Estanterías llenas de botellas polvorientas de épocas indescifrables. Una heladera de madera con seis puertas. Siete u ocho mesas, una de ellas redonda –la de Pugliese, dicen–. Una radio antigua en una repisa, algunos libros en otra. Las luces están apagadas y hay una vela encendida en cada mesa. A la derecha, en un ángulo del fondo, resplandece una guitarra criolla blandida por manos firmes y veloces. Un treintañero canta tango con voz estridente y remera de Iron Maiden. Algunos chistan para ahuyentar el bullicio, pero es imposible, y no importa porque el pibe arremete con el poder de una locomotora melodiosa que produce un cosquilleo brutal en la espalda. Nadie usa micrófono acá. Los que cantan tienen las cuerdas vocales como poleas que cargan todos los pecados de la tierra.

Un flaco atiborrado de vino tinto relojea todas las mesas buscando compañera de baile. Encara a una morocha jovencita que corea por lo bajo un fragmento de Malena. Al principio ella se niega, sonriendo. Pero ante la insistencia amable del caballero, ofrece su mano para responder con altura a su destino inmediato. Se miran, se entrelazan y comienzan a moverse con destreza en una sola baldosa; no sólo porque no hay espacio, sino porque pueden.

Entre tango y tango se encienden las luces y suena Jimi Hendrix, Spinetta, Joy Division, lo que pinte. Cada tanto, los mozos y los muchachos de la barra manotean la guitarra para tocar un par de tonaditas o se ponen a charlar con los clientes, dando lugar a una ruleta gastronómica en donde a usted o a cualquiera le puede tocar la desgracia de que: a) le sirvan otra cosa; b) su plato sea olvidado para siempre; c) lleven su pedido a una mesa en la que, misteriosamente, los comensales no rechazarán el sorpresivo banquete.

El tiempo se extiende, el alcohol sube, los artistas se turnan y después pasan la gorra. A veces, cuando el boliche cierra y los músicos se quedan “manija”, sacan los instrumentos a la vereda y se ponen a tocar hasta que se acaba la petaca que uno tenía encanutada, hasta que la última piba del barrio se va a dormir.

Volvemos caminando con el viento agradable de la mañana. ¿Puede percibir esa purificación, ese sacudón de milonga que fascina? Si es así, volveremos a vernos acodados en la barra. Si no, lo dejamos para otra vez, cuando sienta que, aunque sea por un rato, esta ciudad también puede estar hecha para usted.

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La Voz.