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Descanso y bienestar, la combinación perfecta del turismo termal

Con el cierre de Semana Santa suele comenzar la temporada de termas más fuerte en la Argentina. Algunas alternativas para descubrir un turismo que hasta la pandemia se mostró en alza. 

Por Daniel Santos (Especial).

El final de la Semana Santa suele ser el inicio de la temporada termal en la Argentina, un país que tiene termas en 20 provincias, con características y contextos propios, pero todas inscriptas en el llamado turismo de bienestar.

De norte a sur, de este a oeste, la oferta seduce a cientos de miles de turistas por año. El turismo termal ya dejó de ser considerado para la tercera edad, como hace unas décadas, y eso le dio renovado ímpetu al desarrollo de los pueblos o ciudades, y al creciente interés del sector privado por apostar con infraestructura cada vez de mayor jerarquía.

Hoy hace referencia a la salud, pero más al bienestar integral y a la felicidad de las personas, como se conoce al “wellness”.

Esta actividad turística tiene más de un siglo de vida, pero la historia vinculada a las aguas curativas se remonta miles de años hacia atrás. Las termas de Cacheuta, Mendoza, eran utilizadas en tiempos del imperio inca por quienes viajaban desde Cuzco para aprovechar los vapores y los baños de la Cordillera de los Andes.

Los príncipes del Alto Perú llegaban a las “aguas milagrosas” de Río Dulce (en quechua “mismy mayu”, en Santiago del Estero) para recibir energía de esas fuentes de origen divino. Los incas aseguraban que esos manantiales “traían el fuego de la tierra” y ayudaban a la salud a los enfermos.

En todas partes

Una leyenda patagónica cuenta que tras la muerte del cacique araucano Copahue (“lugar de azufre”) y su amante hechicera Pirellán (“nieve del diablo”), brotaron de las heladas entrañas de la tierra ensangrentada chorros de vapor y agua hirviente, perforando la nieve hasta formar una laguna y un río.

Los indios pehuenches descubrieron que las emanaciones del suelo tenían propiedades curativas, y a pesar del olor a azufre se bañaban en sus aguas y hacían sus ofrendas. Las termas de Copahue y Caviahue, en Neuquén, también tiene una historia más formal de más de 150 años: en 1870, el doctor Pedro Ortiz Vélez obtuvo el permiso del cacique Cheuquel para llevar allí a sus enfermos.

La lista es extensa: la laguna Epecuén en Buenos Aires (con su trágica historia posterior, tras la inundación de 1985 de Villa Epecuén); los baños de Pismanta, en San Juan, visitados por aborígenes en busca de la salud perdida; Villavicencio, visitada en 1839 por Charles Darwin, que contaba hacia el año 1800 con baños medicinales; el Hotel Termal El Sosneado, abandonado a pesar de años de gloria internacional; las termas de Reyes jujeñas, regenteadas por los incas y luego por los conquistadores.

El primer hotel termal de Sudamérica también se creó en la Argentina: en Rosario de la Frontera, Salta, lo inauguró en 1878 el médico español Antonio Palau, pero más de 70 años antes ya recibía visitas extranjeras.

Nuevas búsquedas

El termalismo crece, se populariza, ve la luz de nuevos proyectos de explotación en toda la geografía argentina (en algunos casos combinando el turismo de bienestar con paisajes y naturaleza en su esplendor). Al mismo tiempo, hay mucha movilidad, con cierres y aperturas constantes, más allá del actual contexto de pandemia: el mercado se reacomoda, fluye, y ahora intenta sobrellevar la crisis, como todo el sector turístico.

María Inés Arroyo, gerenta de marketing y comunicación de Termas de Cacheuta –un hotel spa con una historia increíble de más de 100 años, pero con una nueva etapa que comenzó en 1986–, dice que el cambio en los últimos años tiene que ver con un concepto distinto del termalismo. “Nosotros desde siempre quisimos cambiar la idea de que no es más turismo-salud, aunque te hace muy bien. Quisimos hablar del turismo que proporciona bienestar, y que es un servicio lúdico también. Si hablamos sólo de salud, no todos se sienten atraídos por irse de vacaciones a un lugar en el que te van a tratar como enfermo”.

Hoy, las termas son el tercer destino de Mendoza, detrás del turismo de bodegas y de alta montaña. Para Inés, el cambio trajo aparejado otro comportamiento: “Cada vez tenemos público más joven, y mantenemos el tradicional que nos acompañó siempre”.

La gran virtud de Termas de Cacheuta tiene que ver con las termas y el entorno. “Cacheuta es muy bonito; estamos en medio de la precordillera, encajonados, rodeados de la montaña, y al lado circula el río Mendoza, el más importante de la provincia. Tenemos paisaje, belleza, y todas las energías que circulan en el lugar, lo que nos hace únicos. Ni mejores ni peores, únicos”, asegura Arroyo.

La “ciudad spa”

Para Nelson Bravo, subsecretario de Turismo de Santiago del Estero, fue inesperado el movimiento en el verano, una temporada atípica para las termas, con un pico en el feriado de Carnaval. “Termas de Río Hondo se volvió receptivo en épocas que antes no”, destacó, en buena medida por el turismo de cercanía y la imposibilidad de viajar fuera.

Actualmente, en Santiago exigen hisopado, o para quienes van a hacer turismo la reserva hotelera y seguro Covid, y a partir de Semana Santa incrementarán los controles con un monitoreo permanente, además de insistir en campañas de concientización.

“No hay ciudades termales como Termas de Río Hondo. En todos lugares existen pozos, pero nosotros tenemos la ciudad emplazada sobre más de 14 acuíferos diferentes: donde hagas un pozo, sale agua termal, por eso todos los hoteles y hasta casas de familia tienen sus pozos surgentes”.

Bravo asegura que hace unos años, el gobierno tuvo que realizar una importante obra de infraestructura para dotar de agua potable a la ciudad: debieron perforar por fuera de los límites, y luego llevarla hasta Termas de Río Hondo.

El funcionario destacó también la abundancia de aguas en el mayor destino turístico santiagueño. Allí, las aguas no se calientan por el contacto con la lava, como en algunas termas argentinas, por lo que no tiene el fuerte olor a azufre. Levanta temperatura por el contacto con la piedra que está entre la lava y el agua.

Para Nelson Bravo, el crecimiento se dio en paralelo, entre la apuesta de infraestructura del gobierno, y los privados que creyeron en el lugar. En la última década, no sólo creció la cantidad de hotelería, sino que los que estaban también aumentaron su capacidad y la calidad de servicios.

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