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De Ushuaia a La Quiaca en bici y con mascota

Sebastián Inzua recorre Argentina en bicicleta acompañado por Ngürú, un perro que se ganó el pasaje siguiéndolo al sur de Mendoza. El año pasado completó la primera mitad de su viaje, en la que atravesó la Patagonia.

Por Lucia Arguello (Especial).

Sebastián Inzua tiene 28 años, es farmacéutico y vive en Arias. Hasta ahí, nada fuera de lo común. Pero su verdadera historia comienza el 20 de enero de 2016, cuando decidió convertir la bici, medio de transporte por excelencia de todos los pueblos, en el instrumento de una empresa mucho más ambiciosa: atravesar el país, de Ushuaia a La Quiaca. Y a ese sueño personal le agregó un sentido social, uniéndose a la Fundación Deuda Interna para difundir su mensaje en defensa de los pueblos originarios.

En Mendoza, casi un año después de la partida, decidió desdoblar su proyecto original en dos partes, y la llegada de un compañero inesperado terminó por confirmar la elección. Hoy, mientras prepara la segunda etapa, Sebastián dialoga con Voy de Viaje para derribar algunos mitos del cicloturismo y demostrar que se puede recorrer el país en bicicleta, con poca plata y con un perro de copiloto.

–¿Cómo es tu forma de viajar?

–Lo que hago básicamente es empezar a viajar y sentir el camino, en el sentido de estar abierto a las posibilidades que se presenten. Priorizo la espontaneidad, me guío mucho por mis sensaciones y por los consejos de los lugareños, hago hincapié en lo que pueda aprender de cada lugar, me tomo mi tiempo. En este viaje surgieron muchas cosas inesperadas: crucé a Chile varias veces, conviví con comunidades nativas e incluso terminé subiendo el volcán Villarrica, el más activo de Sudamérica. 

–¿Creés que cualquiera podría hacer un viaje como el tuyo?

–Todo el que quiera viajar en bici lo puede hacer; gente de diferentes edades, de diferente condición económica e incluso personas con alguna discapacidad, apoyándose en otras personas. Yo no soy deportista ni ciclista profesional. Al principio no podía ir de Nueva Córdoba al Cerro, por ejemplo, o de Córdoba a Carlos Paz. Empecé a pedalear y con el tiempo me fui acostumbrando. Es un mito el tema de la preparación previa. Todos piensan que es algo físico, pero en realidad se precisa más cabeza que otra cosa. Es una cuestión de determinación y autoconfianza.

–¿Qué consejo le darías a quienes quieran viajar en bicicleta?

–Que lo hagan. Hay un universo entero de caminos que esperan a ser descubiertos y la bicicleta es un medio que te abre muchas puertas; estás conectado con la naturaleza, el clima, el paisaje, la gente. Las sensaciones siempre están a flor de piel.

–¿Cómo conociste a tu compañero perruno?

–Él estaba en un puesto al sur de Mendoza, donde pasé la noche. Cuando partí a la mañana siguiente, empezó a seguirme. Hacía muchísimo calor, más de 35°. Me siguió muchos kilómetros sin parar hasta que llegamos a un santuario de la Difunta Correa. Ahí le conseguí agua y decidí adoptarlo. Más adelante, un camionero nos llevó hasta San Luis, donde compré un carrito. En las Altas Cumbres lo bauticé como “Ngürú”, que significa “zorro” en lengua mapuche.

–¿Cambió mucho tu modo de viajar?

–Por un lado se hace más difícil, por el aumento de peso. Venía pedaleando, contando mi propio peso, con un total de 160 kilos. Pero, por otro lado, mucha gente simpatizó con la historia y recibí más invitaciones y ayudas de diverso tipo.

–¿Alguna anécdota para los nietos?

–Cerca de El Chaltén, en un lugar desolado de la estepa patagónica, viví unos días con un antiguo cacique mapuche de 74 años. En el mismo sitio, había un observatorio astronómico abandonado, un bunker de guerra abandonado y dos brasileros que emprendían un viaje a caballo por Sudamérica siendo completamente inexpertos en el tema. Todo eso en el medio de la estepa, uno de esos lugares donde la gente dice “ahí no hay nada”.

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La Voz.