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En auto

De ciudad de Salta a Cafayate, pasando por la ruta 40

Un camino entre pueblitos mágicos, bodegas de altura y paisajes irreales para conocer a pie, en bicicleta o a caballo.

Por Silvina Pini (Especial).

El sol asomaba desde el llano y la línea dorada iba avanzando por la cordillera en sombras mientras desayunábamos bien temprano en el espléndido Relais & Chateaux House of Jasmines, a pocos kilómetros de la ciudad de Salta. Dejamos atrás La Merced Chica y Chicoana, capital del tamal salteño, para recorrer los 20 kilómetros de la Quebrada del Escoipe, puro zigzag vertiginoso, entre montañas a veces rojas y a veces amarillas o verdes de vegetación salpicada por los cerezos en flor. Le siguió la Cuesta del Obispo, igual de serpenteante, pero en una subida que no da respiro. El punto más alto es la Piedra del Molino, a 3.348 msnm, donde nos esperaba Gustavo Suárez con sus bicicletas para iniciar la bajada por donde habíamos subido. No hace falta ser atleta ni mucho menos y la experiencia es impagable: bajar con el viento en la cara, apenas el silbido de las ruedas contra el asfalto y la maravilla que regala la naturaleza para disfrutar en silencio.

DATOS. Información útil para recorrer de Salta a Cafayate.

Volvimos al punto de partida en auto para seguir camino y toparnos con la Recta del Tin Tin; 19 kilómetros a 3.000 metros de altura, el mismo camino usado por el inca cuando jalonaba esta recta con fogones a los costados. La vía atraviesa el Parque Nacional Los Cardones: una planicie entre cerros poblada de enormes cardones de hasta tres metros de altura. Cada ejemplar es diferente, con sus brazos y espinas.

Al final está el pueblo de Payogasta, ya sobre la mítica ruta 40, y muy cerca, Cachi –“sal” en quechua–, un pueblito soñado de dos mil almas, casas blancas y calles de adoquín, enmarcado por río y montaña, con su plaza de rigor, su iglesia del siglo XVIII, tiendas de artesanías, restaurantes de comidas regionales y un museo interesante. El silencio es uno de los privilegios de Cachi que se aprecian en especial por la noche, cuando las estrellas parecen muchas más desde la ventana de La Merced del Alto.

A la mañana siguiente seguimos camino a Cafayate por la mítica ruta 40, que nos prometía dos atracciones: el pueblo de Seclantás y la Quebrada de las Flechas. Sobre el camino aparecen las primeras casitas de Seclantás, típicas de todo el valle con paredes de adobe rojizo –montaña y casas tienen el mismo color–, techos de caña y barro y, a veces, una galería al frente. En su patio de tierra, entre gallinas, perros y chicos, el artesano va y viene por el telar. La pila de piezas terminadas –mantas, cubrecamas, ponchos, pashminas, bufandas, tapices, fundas de almohadón– son como un imán para el turista que baja, mira, pregunta y compra. 

La Quebrada de las Flechas invita a parar una y otra vez para recorrer a pie unos metros o subirse a un alto para ver el panorama de espinosos desfiladeros de piedra rosada. Finalmente llegaron el asfalto y Cafayate, capital de la ruta del vino, donde se puede visitar el Museo del Vino y algunas bodegas. Mejor aún es hospedarse en una de ellas, como Grace Cafayate, un hotel que forma parte de la Estancia Cafayate con 500 hectáreas con viñedos, una cancha de golf de 18 hoyos, canchas de polo, restaurante, spa y piscina.

De camino a Salta por la ruta 68, la montaña nos reservaba una última sorpresa. La Quebrada de las Conchas recibe su nombre para recordar que hace miles de años este paisaje fue un mar. La erosión del agua esculpió formas caprichosas e imponentes como las del Anfiteatro, una cavidad circular con una acústica perfecta para conciertos. En el ingreso aparecen artesanos, músicos y hasta vendedores de vino de elaboración casera, y siempre hay música en el interior.

A través de sus paisajes cambiantes, sus vinos de altura, su apego a las tradiciones y el respeto por sus héroes, Salta nos hace una invitación para volver por sus caminos.

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