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Cuaderno de viaje

Cuaderno de viaje: Rosario, la ciudad del río y las ochavas

Rosario es una ciudad en la que las pequeñas cosas, los detalles casi imperceptibles, hacen la diferencia. Caminar sus calles nos permite desentrañar, al menos en parte, una identidad construida de cara al río, con mucho espíritu de puerto y una buena dosis de parsimonia campera.

Por Juan Manuel Pairone (Especial).

En una visita relámpago, de fin de semana, nada mejor que recorrer la costanera, apreciar el puente que lleva a Victoria (Entre Ríos), desembocar en la coqueta avenida Belgrano y llegar a uno de los edificios más imponentes del país, el Monumento a la Bandera. La majestuosidad de la construcción y la épica natural que brinda el Paraná forman parte de una postal sin tiempo. Algo similar sucede con el Parque Independencia, que alberga al portentoso Museo Municipal de Bellas Artes, al Hipódromo y también al estadio de Newell’s Old Boys. Algunas de las pasiones rosarinas emplazadas en un espacio verde que hace gala de su diseño, sus estatuas y su flora, claramente beneficiada con el clima del litoral.

Esas imágenes hablan de una Rosario idealizada, en la que el ingreso a la ciudad no es fiel reflejo de la desigualdad sistémica; una bella aldea portuaria que nada tiene que ver con la corrupción policial y los narcos. Blanco sobre negro, lo uno o lo otro. Y como todo lugar, Rosario es una y muchas a la vez. Pero si algo la describe de pies a cabeza es su carácter grisáceo, rioplatense, pintoresco de un modo en el que podría estar contado en un cuento del uruguayo Felisberto Hernández. De hecho, hay mucho de uruguayo en las calles del centro y en el inquieto barrio Pichincha, con el bulevar Oroño y sus palmeras como símbolo de prosperidad. Allí cerca, el río no deja de ser un faro permanente. Hay algo en el ambiente, la arquitectura y en el andar de la gente que nos recuerda que estamos en el sur del mundo, en lo que alguna vez fue el Virreinato del Río de la Plata.

Tan parecidas, tan distintas

Rosario y Córdoba son ciudades que funcionan en paralelo. Con casi el mismo número de habitantes, ambas son universitarias por definición, mantienen una relación fluida con la economía agrícola-ganadera y son polos culturales pujantes. Probablemente el fútbol podría romper la paridad, pero la esencia es (casi) la misma. Dos de los tres puntos más importantes del mapa nacional, en una relación de permanente comparación y mutuo interés por “lo que pasa del otro lado”. 

Pero si Córdoba estrecha vínculos con el norte argentino, Rosario fluye hacia el Río de la Plata. El puerto define una vez más a una ciudad que se encuentra a sí misma en el Paraná y sus posibilidades. Algunos kilómetros más allá está Buenos Aires, la capital que Rosario nunca podrá ser. Aunque en esa imposibilidad también está la certeza de un ritmo propio. A medio camino entre las tradiciones del campo y la salida al mundo, Rosario puede resultar la versión más acotada de la inmensidad porteña, pero el ambiente y los modos de ser decididamente son otros. Además de la humedad y su presencia casi permanente, también están los mates y las cervezas compartidas en la calle, las playas de La Florida y Alberdi, un barrio con aire señorial, balnearios veraniegos y postales de invierno. 

Las esquinas

Limpia y prolija en su trazado urbano, Rosario tiene algo que a Córdoba le vendría muy bien. La avenida Pellegrini corta a la ciudad a la mitad y nos introduce de lleno en su dinámica urbana, que sigue siendo amable a pesar del creciente movimiento que se observa de oeste a este, con el río como límite natural. Un botón sirve de muestra, dice el dicho. Y eso podría aplicarse a la mayoría de las esquinas rosarinas. En sintonía con La Plata o Montevideo, casas bajas (de dos pisos) y edificios muestran un crisol de estilos arquitectónicos con influencia europea y raigambre sudamericana. Lo que se repite casi al infinito es un detalle con personalidad: las conjunciones entre una calle y otra terminan en ochava y transmiten una sensación de cobijo. Las esquinas se convierten en puntos de reunión fortuitos o en el mejor de los mostradores para verdulerías y panaderías.

Y allí, la respuesta: esa es la mejor forma de descubrir a Rosario desde adentro. No hay monumento, ni río ni parque que pueda describir la sensación de transitar el barrio del Abasto casi como un alma intrusa, apreciando eso que para los rosarinos ya pasa desapercibido. Una aventura citadina que tiene su recompensa en cientos de pinceladas modernistas, esas que adornan las construcciones propias de principios y mediados del siglo XX, con el esplendor de una época ya pasada que hoy se vive con nostalgia y admiración. ¿Acaso hay algo más lindo que caminar con la sensación de no tener ojos suficientes para ver todo lo que se quiere ver?

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