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Cuaderno de viaje

Cuaderno de viaje: Promesa a Iruya

En este rincón de la Salta profunda, el tiempo se detuvo o simplemente se movió a paso de hombre.

Por Pablo Bertorello (Especial).

El día que partí de Iruya, desde el deseo no explícito prometí regresar. Lo hice pensando en la letra de Melania Pérez: “Para el año he de volver si no me llevan los males”. Promesa aún incumplida y que espero saldar. ¿Por qué lo hice– me pregunto ahora que tipeo estas líneas–, si nunca he sido de aquellos a los que les gusta repetir destinos, aún cuando la cercanía o el apego lo exijan? Lo cierto es que creo saber la respuesta o, al menos, los recuerdos frescos de ese viaje, efímero y distante ya en el tiempo, me llevan a pensar que conocerlo no fue una experiencia más.

Humilde. Puro. Noble. Afable. Pintoresco. El pueblo es como una escalera al cielo. O una caricia al azul celeste cerúleo que invoca la bandera.

Entre su trazado de estilo colonial se entremezclan acuarelas encantadoras dispuestas a pagar cualquier deuda en infraestructura. Sus casitas de adobe, piedra y paja son como dardos acuñados en la montaña. No existen las veredas horizontales y, cuando uno camina por sus calles angostas, empedradas y empinadas hasta 40 grados, con el rigor del sol y el viento sobre la piel, Iruya hace sentir su carácter.

Se trata de un lugar tan perdido en medio de la naturaleza como solemne, que se divisa al final de una quebrada llena de colores, donde la sinfonía mineral compite en intensidad con el matiz de lo que está arriba del horizonte.

Llegar hasta allá arriba no es tarea sencilla. O al menos no lo fue para el pequeño Peugeot que me acompañaba en la travesía. Eso sí, tampoco resultó tan difícil como me había dicho algún exagerado, que aseguraba que había que hacerlo en 4x4. Una falacia.

Por aquellos lados, Donata López, una guía colla de mirada profunda, me dijo que la coca hace que uno no tenga sed, que no se canse y que transpire poco. Simplemente por eso, pienso que el auto sólo hubiese necesitado una buena dosis de acullico para evitar que el motor se apunara.

El acceso fue desde Humahuaca, por la RN 9 hasta empalmar con la ruta provincial 13, donde un cartel anuncia el camino de tierra, surcado por arroyos. Se pasa por Iturbe y luego por el paraje Abra del Cóndor, un hito a 4.000 metros de altura que divide las provincias de Salta y Jujuy. De allí en adelante empieza el descenso, con el valle abriéndose hasta nunca acabar, acanalado por vistas portentosas, curvas y contracurvas.

La remembranza de su carta de presentación, la iglesia de San Roque y Nuestra Señora del Rosario, está intacta en mi memoria. Es lo primero que se observa; con su campanario de techo celeste, fotogénico. De la misma edad que el pueblo, es el testimonio de la fe de sus habitantes, que rompen la mansedumbre en cada misa. Pero, cuando los fieles vuelven a sus hogares, retoma la paz extrema que caracteriza al pueblo.

Iruya es tan distinto a cualquier otro lugar que delante de la iglesia no hay una plaza, sino un muro de pircas que hace de Guardia Suiza frente a las subidas furiosas del río.

Me cuesta creer los testimonios de quienes consideran que aquí no hay nada para hacer. En la altura, lo mejor es aquietar el ritmo, levantar la cabeza y mirar. Por eso, cualquier viajero sentido no debe perderse la posibilidad de disfrutar del espíritu iruyense, el contacto con la naturaleza y el diálogo con su gente. En síntesis, es un encuentro con el hombre, su tierra, sus costumbres y la nobleza de los productos cultivados en terrazas y en forma manual.

En lo alto, desde el mirador, el paisaje en plenitud ayuda a entender por qué en los últimos años “el pueblito colgado de la montaña” experimentó un boom turístico difícil de procesar. De pronto, los visitantes se multiplicaron a bordo de colectivos cada vez más frecuentes, acelerando por el mismo camino de siempre, y muchos mochileros coparon la escena en busca del paraíso perdido entre los cerros, ese que siempre tiene algún burro recorriendo sus caminos y cóndores desplegando sus alas en el cielo.

En este rincón de la Salta profunda, el tiempo se detuvo o simplemente se movió a paso de hombre. En la perspectiva siempre se encuentra algún chico jugando libre por las calles, mientras otros patean una pelota en el playón de la escuela, con los cerros de fondo que varían entre bordó, violeta, amarillo azafrán, hileras de verde y una paleta de colores riquísima. Y, aunque ellos no lo contemplen, esa postal nada tiene que envidiarle en esencia al mismísimo Santiago Bernabéu repleto.

Ahora, lejos de allá, termino estas poco más de ochocientas palabras sintiendo que he regresado. “Adiós, pueblito de Iruya”. Te saludo nuevamente, como la canción. Y vuelvo a prometerte el regreso o, mejor dicho, a comentarte que no me olvido de lo prometido.

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