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Cuaderno de viaje

Cuaderno de Viaje: Pasado de barro

Recorro parte de Catamarca por los parajes de la Ruta del Adobe. Por estos lados de viento zonda y huellas indígenas, el panorama es cambiante; pero siempre signado por la hospitalidad de los pobladores.

Por Pablo Bertorello (Especial).

Un hombre de unos 60 años pedalea su bici sobre la ruta que costea algunos de los parajes de la Ruta del Adobe, en Catamarca. Lo paso y él gentilmente me saluda, como a un vecino más.

Por estos lados de viento zonda y huellas indígenas, el panorama es cambiante, pero siempre signado por la hospitalidad de los pobladores, el sol en las tierras bajas y el soplido airoso en las alturas.

Recorro parte de esta provincia para conocer el pasado que se conserva en paredes levantadas con una de las técnicas más antiguas y ecológicas, en el corredor turístico donde la mayoría de las construcciones son a base de barro arcilloso y paja. Una mezcla noble que supo dejar huellas.

El trayecto que ha quedado delimitado a los márgenes de la RN60 empieza en Tinogasta. Allí nace el camino que contempla desnudas edificaciones de más de 300 años de antigüedad y poblados donde el silencio y la tranquilidad se han hecho carne.

Antes de llegar a la primera parada, con el telón de fondo de los cerros, hacia ambos lados de la ruta se extiende el verde intenso de viñedos y olivares que apuntalan la producción agroindustrial de la región.

Para la tierra cuyo nombre se traduce como “reunión de pueblos”, la referencia histórica indica que “fue fundada no muy lejos de la antigua Watungasta indígena, un centro agrícola a orillas del río Troya que decayó a partir de la llegada de los españoles”. Así lo apunta Tullio Robaudi, coordinador turístico de la localidad.

Mateando y dando pie a charlas sin perjuicio de cronograma, el circuito –recomendable para los amantes de la arquitectura histórica popular– se completa en poquito más de medio día. Son apenas unos 50 kilómetros asfaltados que finiquitan en Fiambalá.

Una vez en Tinogasta, hay que tirar ancla en el punto de partida del itinerario, sobre calle Moreno, en el actual Hostal Casagrande. Conserva sus características arquitectónicas originales y data de 1897, fecha en la que se instaló el comando del batallón Cazadores de los Andes por las diferencias limítrofes con Chile.

El lugar mantiene la antigua estructura de barro, estiércol y paja, sólo que ahora cuenta con habitaciones temáticas y, como anuncia su frente, tiene restaurante, salón de juego, gimnasio y piscina. Un gusto para un periplo que se destaca más bien por la humildad que por cualquier mínimo lujo.

Luego de degustar un apetecible lomo étnico, la siguiente escala es en la localidad de El Puesto. Allí las centenarias edificaciones parecen ponerle freno de mano al tiempo. “Siga esta calle y va a llegar al Oratorio de los Orquera”, me orienta con voz serpentina una de las pocas almas que camina por el pueblo cuando la tarde empieza a darle codazos a la siesta.

Construido a principios del siglo XVIII y de carácter privado, el oratorio conserva en su interior la imagen de la Virgen Nuestra Señora del Rosario, procedente de Chuquisaca. Pleno en adobe y tapia de barro, su única nave está cubierta por vigas de algarrobo curvas y es parte de la antigua tradición familiar de tener rincones sagrados cuando no había templos cercanos.

Más adelante, a mano izquierda de la ruta, se encuentra la solitaria iglesia de Andacollo, en el paraje La Falda. Levantada a mediados del siglo XIX, hubo que reconstruirla porque un movimiento sísmico provocó un derrumbe parcial. Hoy muestra dos torres de campanario, cuatro columnas y una entrada en arco. El cuadro que enmarca la joyita de estilo neoclásico revela la pura rusticidad y embrujo del paisaje.

Hacia Anillaco (no confundir con la cuna del riojano), el paseo conduce al Complejo Mayorazgo, declarado Patrimonio Cultural y Turístico. Cimentado entre 1712 y 1714 por Juan Gregorio Bazán de Pedraza, años después vivió un intento fallido de ser reciclado en un cinco estrellas. Dentro del complejo se localiza la iglesia Nuestra Señora del Rosario, la más antigua de la provincia y una de las más destacadas del circuito. Magnetiza con su altar 100% tallado en adobe, piso de tierra y techo de cañas y barro.

El final es en Fiambalá, un reducto viñatero y punto de partida de las expediciones a los Seismiles. El ingreso a la localidad es por un trazado de tres carriles, aunque casi no circulan autos. Metros adelante se ubica el templo de San Pedro y, a su lado, la Comandancia de Armas, los últimos eslabones del trayecto. El templo, declarado Monumento Histórico Nacional, es uno de los pocos ejemplos de la arquitectura virreinal de la región. En 1770, el capitán Domingo Carrizo lo hizo para la imagen del “santo caminador” que trajo de Bolivia.

Aquí termina el paseo por el bello legado de adobe, pero el viaje posterior incluirá viñedos que prometen mejores vinos, olivares que conciben buenos aceites, volcanes que decoran espléndidos paisajes, dunas ideales para actividades deportivas y termas con poderes curativos. Catamarca tiene lo suyo, y este es apenas un pedacito.

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