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Cuaderno de viaje

Cuaderno de Viaje: Mi primera ballena blanca

A la edad en la que otros de mi camada tenían sus aventuras marineras con Popeye o el Pato Donald, comencé a leer “Moby Dick”.

Por Gastón Ribba (Especial).

Viajan conmigo los libros que leí. A veces como exceso de equipaje y pago el precio. Otras, como notas en los bordes de los mapas y las aplicaciones de posicionamiento. A la edad en la que otros de mi camada tenían sus aventuras marineras con Popeye o el Pato Donald, comencé a leer Moby Dick. La versión original traducida por Enrique Pezzoni –la mejor y casi imposible de conseguir hoy–, en lugar de una adaptación para niños. Mucho más de lo que podía masticar con mis dientes de leche. Pienso en eso frente a un cartel que dice “Buscado” y el bandido lleva por nombre 16107. Estancia San Lorenzo, Península Valdés. 16107 es un macho de pingüino de Magallanes de 32 años de edad que fue visto por última vez el 9 de octubre. Los pingüinos viven un promedio de 25 años y me pregunto por qué decidí envejecer desde tan joven. Es el segundo día de la caza del ARA San Juan, la ballena de acero que se tragó a cuarenta y cuatro marinos. La misma tormenta que paraliza la búsqueda amenaza con hacer naufragar mi primer contacto con las ballenas. A la edad en la que otros de mi camada corrían detrás de una pelota, yo conocía la leyenda de Jonás y había leído un libro llamado Ataúdes de acero, donde un tal Herbert Werner cuenta su camino de grumete a capitán en submarinos alemanes durante la Segunda Guerra. Los pingüinos cazan anchoas a cuatrocientos y más kilómetros frente a Valdés, la zona donde se produjo el último contacto. Intento hablar con un amigo de la Marina y su teléfono está apagado. Después me enteraré de que buscaba a sus compañeros de armas a bordo de una corbeta. Me mareo. Nunca pensé que mi primer contacto con las ballenas iba a ser así. Me había jurado no subir a un bote lleno de turistas, pero acá estoy.

Viaja conmigo el libro de un tal Frank O’Hara, poeta oscuro y el mejor biógrafo de Melville, uno que dijo que ese gris despachante de aduanas tuvo el valor de retroceder en el tiempo hasta convertirlo en espacio. Había jurado que mi primera ballena sería en Noruega o Japón. Mi primera ballena es un ballenato muerto que no resistió el temporal. Los buitres del mar se pelean sobre él. John Huston confesó en su autobiografía que durante el rodaje de Moby Dick llegó a pensar que su ayudante conspiraba contra él, pero luego se dio cuenta de que era solamente Dios. Pienso en eso mientras pierdo las esperanzas de ver una ballena con vida entre olas de cinco metros. De repente el cielo explota. El atardecer trae la calma y el cielo se disfraza de un lienzo de William Turner. Una madre con su bebote cruzan la estela del barco. El ballenato es blanco como la nieve. Un alemán que lucha con su cámara y su sándwich de jamón no entiende por qué me largo a llorar como un chico. Nota para mi autobiografía: a veces la suerte conspira a nuestro favor. Aquí el lector deberá leer un silencio profundo y azul de quince o veinte minutos. Serían necesarias muchas páginas para explicar cómo se unieron el rezo a un ballenato blanco como la ballena que me devora por dentro desde hace más de treinta años y el deseo de enviar una flota de pingüinos a buscar un submarino para regresar a esos hombres del vientre del mar. Un ballenato blanco tiene pocas chances. El sol se ensaña y el mar no lo oculta. Puede ser visto a la distancia por las orcas y sus peores enemigos: gaviotas y petreles. Una bandada puede matar a una cría de Franca Austral si sigue el consejo que Frank Underwood le diera a su secretario Stamper en House of Cards: “Así es como se devora una ballena, Doug, de a un mordisco a la vez”. Nacen tres o cuatro ballenatos blancos por temporada y el mío todavía no está listo para la mar grande. Tiene cuatro meses y todavía aprende a bucear junto a su madre. Para protegerlo, lo bauticé Gardiner. En la pesadilla de Melville, el capitán del Rachel implora al capitán del Pequod que abandone la caza para ayudarlo a buscar a su hijo perdido. En una de las mejores escenas del guion que Ray Bradbury adaptó junto a Huston, Gregory Peck se niega y ruge: “Que Dios lo ayude, capitán Gardiner”. El dolido responde con precisión de duelista: “Que Dios lo olvide, capitán Ahab”. Buena suerte, Gardiner. Mejor que la de tu primo muerto frente a Puerto Pirámides. Mejor que la del San Juan y sus cuarenta y cuatro. Cuando regrese por las orcas de Punta Ninfas espero verte otra vez.

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