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Cuaderno de viaje

Cuaderno de Viaje: Comala Colomé

Recuerdos de Salta, entre obras de James Turrell y una copa de Tannat.

Por Gastón Ribba (Especial).

El turista y el viajero vocacional están bendecidos dos veces: pueden viajar y lo hacen sólo por placer. El viajero profesional tarde o temprano encontrará piedras en sus zapatos. Comala es uno de los pueblos más famosos de la literatura latinoamericana. No tanto como el Macondo de García Márquez y tal vez un poco más que la Santa María de Onetti. En Comala los muertos viven un algo y los vivos mueren un tanto. Turistas y viajeros vocacionales que aún no hayan leído a Juan Rulfo pueden reservar un ejemplar de Pedro Páramo y El Llano en llamas en su librería amiga. Cuando esta pluma recibió la invitación a la Estancia y Bodega Colomé, sintió un frío correr por su espinazo. Un pequeño lagarto, un relámpago cachorro o algo así. Durante algunos años el establecimiento estuvo cerrado al público y eso no permitió un viaje personal cuyo motivo excedía la visita al Museo James Turrell Colección Donald Hess que alberga la finca ubicada en la Quebrada de Las Flechas, en plenos Valles Calchaquíes, entre Cafayate y Cachi. Quien suscribe podría haber inventado una línea de fiebre para evitar el enfrentamiento con recuerdos que nunca sucedieron, pero en un rapto de valentía o algo así aceptó. “Coraje es tener miedo y ensillar lo mismo”, dijo alguna vez un tal John Wayne. Tal vez el profesional y el viajero se dividieron en dos sombras. Una de ellas –no sé cuál– se cargó con palabras de Rulfo y disparó: “Te cansarás primero que yo. Llegaré a donde quieres llegar antes que tú estés allí –dijo el que iba detrás de él–. Me sé de memoria tus intenciones, quién eres y de dónde eres y adónde vas. Llegaré antes que tú llegues”. Desespere el lector si aguarda una crónica detallada de la belleza del hostal. Sólo encontrará aquí las sombras de dos en un amor naciente entre los cuadros de lavandas del jardín, vistos por uno enredado entre sombras de un amor que nunca cuajó y abrazado a un Colomé Lote Especial Tannat 2015. Nunca permita el viajero que el vino le dicte. Ahora que los hoteles recuperaron la noble tradición de poner tarjetas postales a disposición del huésped, no las mezcle con alcohol. En todo caso, ante la inminencia de dispararse una correspondencia en el pie, haga como el señor Francis Scott Fitzgerald, el autor de El gran Gatsby, libraco recomendado para larga travesías aéreas. Una noche de verano de 1937 se envió a su habitación una postal desde el bar del Garden of Allah Hotel de Hollywood. “Querido Scott / dos puntos / he venido con intención de verte / me hospedo aquí / tuyo”. James Turrell es astrónomo y matemático. Sus obras están constituidas por espacios donde la luz hace de la suyas. En una de las obras expuestas en Colomé hay una escalera con nueve peldaños que conducen a un inmenso plano azul lavanda. Parece plano. Es el ingreso a otro plano. Una inmensa habitación en donde dos puntos de láser marcan el límite en que el suelo se convierte en cielo y el cielo vaya uno a saber en qué. Invitado por el guía, este cronista pudo ingresar en soledad y al volver la vista atrás pudo ver las siluetas negras del resto, paradas en los peldaños del número favorito de Alighieri y quien reporta, recortadas sobre un inmenso rectángulo naranja. Naranja y violeta, colores opuestos en la rueda cromática. Espectros de la luz que nunca es blanca, así como las sombras casi nunca son del todo negras. Las ilusiones ópticas se parecen a las otras. A contraluz todo corazón es negro. Piedra oscura. Basalto. Dice Rulfo en Pedro Páramo: “¿La ilusión? Eso cuesta demasiado caro. A mí me ha costado vivir demasiado tiempo”. La Bodega Colomé, antes de ser alambrada por el suizo Hess, fue de los Dávalos. Dice Jaime, el poeta de esa familia, con música de Falú: “Dame a beber de tus ojos / dos tragos de sombra / de tu corazón”. A eso sabe el Tannat cuando se lo traga sin demasiados preámbulos, a uva en sombras, a piedra recién pescada de un arroyo. Dice Sabina que en Comala comprendió que al lugar donde uno ha sido feliz, no debiera tratar de volver. Volveré a Colomé. Cuero porfiado. Cuando decida vivir o morir otro poco.

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La Voz.