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Escapadas

Cómo es pasar tres días en el Llao Llao

Escenario de cumbres del poder y cuna de la arquitectura y la personalidad de Bariloche, este hotel no está tan lejos como uno cree. Lea esta nota y tenga una conversación con su billetera.

Por Gastón Ribba (Especial).

Plaza de Buenos Aires y pocos más. Cada lector tendrá una lista de nombres que llenan el paladar al ser dichos y ofrecen letra y música al ser oídos. Reputaciones y estirpes que obligan a bajar la vista a más de una torre vidriada.

Advertencia: este texto dirá poco. Pierda toda esperanza el que busque una grilla de actividades o tarifas. Este cronista prefiere subrayar que el Llao Llao es la mejor alternativa para experimentar, por lo menos una vez, la diferencia entre un paquete turístico y el turismo paquete. Vale la pena invertir en tres noches de Llao Llao el equivalente a una semana caribeña. Por muchos motivos, pero permita el lector que me vaya por las ramas.

DATOS ÚTILES. Información útil para visitar Bariloche.

El colihue es el pariente patagónico del bambú. A diferencia de la caña asiática, la dueña de los bajos del bosque andino es sólida en lugar de hueca. Florece una vez cada sesenta años. La flor es una espiga morada. Esparce las semillas y entonces la planta se deja morir. Piense el lector en esto mientras el cronista intenta escribir impresiones que le brotaron. 

El Ala Bustillo, el edificio renacido de sus propias cenizas en 1938, huele a madera lustrada y a décadas de leña quemada. La inmensa galería comercial, con paredes de troncos, luminarias de astas y bancos de piel de ciervo, parece salida de una ensoñación amable de David Lynch o Stanley Kubrick. Uno tiene la sensación de que Twin Peaks y The Shining podrían tener otros finales allí. Cuando se ordena el té en el jardín de invierno es fácil permitir al sol de otoño que haga travesuras entre copas y porcelanas de bordes dorados. Cualquier mozo a contraluz puede representar a Anthony Hopkins o a Emma Thompson. Quien suscribe disfrutó de una impecable habitación en el cuarto piso con vistas al lago Moreno y el cerro Tronador, pero contará la historia del fantasma que no vio en otra entrega. Es momento de hablar de alma y no de sombras. El Ala Bustillo tiene mucho más que personalidad. Tiene ángel. Perderse por los pasillos y descubrir un Castagnino original. Trasnochar con el barman y confesar en clave Jack Nicholson: “Demasiado trabajo y poca diversión”. Remar hacia el Tronador cubierto de nieve. Perderse por los senderos y apoyar la frente sobre el tronco helado de un arrayán ayuda a pensar.

Sí, por el equivalente a una semana en el Caribe uno puede paladear otros ritmos, colores y texturas, el espíritu de la hotelería de otros tiempos. En Llao Llao uno se olvida hasta de Bariloche. O bien uno puede pensar que no existiría el Bariloche que conocemos sin el Llao Llao, la semilla de su arquitectura, esparcida hace ochenta años por una planta que todavía está en flor, mientras un masajista hace que la espalda cruja como cañas al viento.

En la suite presidencial del Ala Bustillo, la habitación donde durmió un tal Eisenhower, hay un mueble de noche. Entre cuatro tomos se esconde La montaña mágica de Thomas Mann en alemán. En la página de cortesía, su dueño dibujó dos bebotes desnudos que retozan sobre las hojas de un libro. Síntesis. El Llao Llao se lee con todo el cuerpo. Historia y mística imposibles de olvidar y difíciles de narrar. Thomas Mann decía: “Escritor es aquel al que le resulta más difícil escribir que al resto”. Piénselo. Tres días. Después nos cuenta.

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