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Escapadas

Cataratas, ¿lado A o lado B?

Frontera natural, espectáculo formidable, maravilla del mundo: las Cataratas ofrecen dos experiencias diferentes en Argentina y en Brasil. Ambas son alucinantes, aunque una gana por goleada.

Por Cris Aizpeolea (Especial).

En la antigua cultura popular guaraní, los dioses eran tan celosos que podían ser capaces de rajar la Tierra. Una leyenda explica en ese despecho el origen de las Cataratas del Iguazú (“agua grande”), cuando una bella muchacha huyó con su amor terrenal en una canoa y un dios, herido y furioso, reaccionó convirtiendo el río en un abismo.

La historia se cuenta con distintas variantes en las excursiones que los viajeros hacen de uno y otro lado del río Iguazú y, aunque destemplada para estos tiempos, funciona como antesala de un espectáculo natural que siempre reclama una sensibilidad sobrehumana.

PAISAJES. Información útil para disfrutar de las Cataratas.

Los números apenas pueden darnos una dimensión de la maravilla. En medio de la selva, un río de 1.500 metros de ancho (10 veces la porteña avenida General Paz) se desarma en una medialuna de 275 saltos de agua. Arrastra 1.500 metros cúbicos por segundo y con ese caudal cae por la Garganta del Diablo, 72 metros abajo, en cortinas de agua de 150 metros de ancho. 

Los geólogos precisan que ese accidente es “un barranco de lava formado hace 120 millones de años”. Los biólogos aportan que en las 67 mil hectáreas que tiene el Parque Nacional del lado argentino se han identificado más de 450 especies de aves, 80 tipos de mamíferos y 600 variedades de mariposas. Los botánicos describen dos mil especies autóctonas. No alcanzaría todo este suplemento para nombrarlas. 

Números, datos, información reveladora. Pero las Cataratas se viven.

 
 
 
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Brasil, decime que se siente

La experiencia Cataratas del lado brasilero comienza en el camino. Lo mejor es tomar el colectivo urbano hasta la puerta del Parque Nacional (3,60 reales), y una vez allí, entrada en mano, abordar el ómnibus interno. Vale apurarse para ganar un asiento del piso superior y disfrutar de la selva sin intermediarios. 

Con el ticket regular (sin paseos extra), hay que bajar en la Trilha das Cataratas, justo frente al exclusivo Hotel Belmond –el único dentro del parque, con 190 habitaciones a 2.000 reales la noche–, que comienza con un balcón donde se estrena con éxito el festival de la selfie. Solamente esa panorámica justifica todo el paseo. Las cataratas se exhiben gloriosas, como una postal en vivo que ruge y brama otro lado del río. Son un cuadro en 3D. Imposible que fracase la foto.

Ahí se entiende por qué los brasileros, cuando admiten que el 80% de los saltos de las Cataratas del Iguazú está del lado argentino, enseguida retrucan que ellos se reservan “la mejor vista”. Es cierto. Punto para Brasil.

El camino, estrecho, casi una cinta, continúa al borde del barranco en medio de una vegetación que se abre y se cierra como un telón para seguir mostrando el espectáculo. Aparecen los primeros coatíes cerca de nuestros pies (luego serán plaga) y manda el alboroto.

El premio para esa caminata de 1.300 metros (moderada, sin problemas) será el encuentro con la Garganta del Diablo, primero desde una pasarela que se interna sobre el río y después desde el palco mayor. Final del periplo.

El lado A

Si el paseo regular por el lado brasilero insume dos horas, el del lado argentino demandará todo el tiempo que el visitante quiera dedicarle. Incluso, más de un día.

Fundamental, eso sí, llevar una pequeña mochila con agua y algo para comer, sombrero, lentes, protector solar y una muda de ropa extra, o al menos otra remera. Es imposible experimentar las Cataratas del lado argentino sin mojarse. Y vale la pena.

De los múltiples senderos se impone el Circuito Inferior, 1.400 metros de pura maravilla. Con ánimo de trekking se puede bajar al pie del salto Alvar Núñez, o bien seguir tranquilos por la pasarela hasta perder el aliento frente al salto Bossetti y agradecer esa lluvia fina. El Paseo Superior, de 1.500 metros, es otra locura bien pensada que cambia la experiencia, ya que otorga una perspectiva poderosa, desde arriba de los saltos. 

Por supuesto, nadie debería irse del Parque sin vivir la Garganta del Diablo, accesible desde la última estación del tren ecológico, al final de una caminata plácida de un kilómetro por una pasarela.

La primera señal de que estamos cerca será el ruido, que se va volviendo ensordecedor. Pronto todo será vértigo, espuma, agua en la cara, felicidad y ganas de gritarla como un gol frente al arco iris.

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