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Escapadas

Cataratas en primera persona

A menos de dos horas de vuelo, el noreste de nuestro país resguarda una de las grandes maravillas naturales del mundo. 

Por Mario Rodriguez (Especial).

Con solo pisar el aeropuerto de Puerto Iguazú tenemos la sensación de estar en otro lado, mucho más arriba, más aún si salimos de Córdoba con campera y bufanda, donde el invierno ya cambió los verdes por marrones. Por estos lados el frío llega más tarde y con fiaca. La flora salvaje, la humedad y la tierra colorada dominan todo el panorama. Los veintitantos kilómetros que nos separan del Iguazú Grand Resort transcurren por la ruta ganada a la selva, donde la vegetación abruma y contiene. Detrás de tanta exuberancia se adivina una abundante fauna, mucho más activa con la quietud de la noche. 

A pocas cuadras del centro de Puerto Iguazú se encuentra el Hito Tres Fronteras, en la unión de los ríos Iguazú y Paraná. Desde allí podemos observar, a la izquierda, a la ciudad de Presidente Franco, perteneciente a Paraguay. A la derecha, ya en la ribera brasileña, se encuentra la ciudad de Foz do Iguaçu. El lugar es muy concurrido por turistas de todo el mundo, que logran abarcar en una foto los tres países sudamericanos. Funciona además una feria de artesanos, donde se pueden adquirir productos típicos de Misiones.  

En busca de las cataratas

Patrimonio Mundial de la Humanidad, una de las siete maravillas naturales del mundo y referencia obligada de los mapas de primaria cuando coloreábamos nuestra Mesopotamia. Títulos no le faltan a las mundialmente conocidas “Cataratas”. Salimos desde el hotel con Paula, la guía que nos mostrará el Parque Nacional Iguazú. Allí el principal atractivo son los famosos saltos de agua, pero hay mucho más para conocer en primera persona. Día gris, llovizna tenue y tampoco hace frío. Más allá del clima, se supone que en las cataratas uno se moja, y bastante. Si el agua molesta, por $ 80 se puede conseguir un impermeable al paso.

Apenas ingresamos al parque encontramos la estación del pequeño tren ecológico que recorre los distintos circuitos. Paula esquiva elegantemente las vías y dictamina: acá se camina. Es que la recorrida a pie es un atractivo más, ya que nos permite ver de cerca a los coatíes –simpáticos  equilibristas de las barandas de las pasarelas–, monos, tucanes, urracas y un sinfín de otros animales autóctonos. Así que, mochila al hombro y siguiendo el orden, iniciamos la marcha. 

Dos circuitos

A través del Circuito Inferior, de a poco nos adentramos en la selva por senderos impecables y bien señalizados. No tardamos mucho en descubrir los primeros saltos. Parecen estar organizados de menor a mayor, como para ir sorprendiéndonos de a poco: Álvar Núñez Cabeza de Vaca –primer hombre blanco en ver las cataratas–, Dos Hermanas y Bosetti (estos últimos los veremos nuevamente desde arriba). Tenemos, además, las primeras vistas de la isla San Martín y de los lanchones que parten hacia la ducha gigante de 80 metros de caída.

Con la llegada al Circuito Superior, comienzan las vistas más espectaculares. Nuevamente la memoria trae las fotos del manual Kapelusz de la primaria. Desde las pasarelas y entre la tupida vegetación observamos como el “manso y tranquilo” río Iguazú se desploma a nuestros pies, dividido en los saltos Bernabé Méndez, Mbiguá y San Martín. Hay tantas cámaras fotográficas como nacionalidades ensimismadas en la bruma que levanta el torrente de agua en su caída. Solo los vencejos de cascada, pájaros emblema del parque que anidan en las rocas detrás de los saltos, matizan con sus plumas oscuras la inmensidad blanca que se levanta a contramano, como queriendo “tirarse” de nuevo.

De regreso al ingreso del parque, Paula nos guía al almuerzo en el muy recomendable restaurante La Selva. Al postre, en tren.    

DATOS. Información útil para disfrutar de Puerto Iguazú.

Garganta del Diablo

Abordamos el pequeño ferrocarril para llegar hasta las despejadas pasarelas que anteceden a la Garganta del Diablo. Después del tramo por las vías, iniciamos la senda flotando literalmente encima del lento cauce (hoy casi todas las placas del piso están desarrolladas en aluminio y permiten ser retiradas cuando el río aumenta su caudal). Paula nos alerta de la presencia de gran cantidad de jotes que pueblan los árboles de los islotes cercanos. A medida que nos acercamos, el estruendo y la bruma nos hacen acelerar el paso. A la orilla, sobre una piedra, un biguá tratando de engullir un bagre me distrae momentáneamente. Al llegar al mirador, el ancho río se transforma en una gran masa de agua que cae en un gigantesco pozo, generando un espectáculo sorprendente. Ruido, bruma, arcoíris, idiomas, corridas, selfies. La jubilada neozelandesa, impactada con el paisaje, me pide que le tome una foto.

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