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Cuaderno de viaje

Azúcar moreno

La gruesa masa de hielo de la provincia de Santa Cruz, impacta a cualquiera que lo ve. 

Por Gastón Ribba (Especial).

El cronista recibe la autorización de Parques Nacionales y tiene apenas 24 horas para volar a El Calafate para filmar una escena y volver a Buenos Aires: hombre en bermudas, sentado en una reposera con trago tropical en la mano sobre el campo de hielo del glaciar Perito Moreno, que simula una playa de arenas blancas. 

El viaje comienza con un golpe de viento. La puerta de Palermo se cierra y el departamento temporario se traga sus dos juegos de llaves. Nunca intenten despertar al vecino de un departamento rentado online para que les abra con la inocente excusa de que el remis espera para llevarlos a Ezeiza. 

Los ciudadanos de CABA son inmunes al llanto y a las plegarias del otro lado del umbral. El cerrajero de urgencia tarda en detonar la cerradura más de lo que el auto de alquiler en llegar al aeropuerto, pero el 737 ya está en el aire. El viaje comienza con dos puertas, 60 juegos de llaves de pérdida y una espera de tres horas en Aeroparque. Nota al lector: no se equivocó de sección, éste es el “suple” de turismo, se vende relajación y disfrute. 

En la Patagonia

Después de Bariloche, el avión se deja guiar por la cordillera. Nieves perpetuas. Lagunas heladas en cráteres mudos. Miniglaciares resbalan por las divisorias. En la cabina se mezclan todas las lenguas del planeta. Este cronista ama la Patagonia de meseta y la estepa. Gusta decir que en la tierra de los pies gigantes todo queda a tres horizontes o más de distancia. Esa definición le tira de sisa a la zona de El Calafate. 

El chofer nos indica el cerro Matacaballos, a 60 kilómetros de la camioneta. Parece al alcance de la mano. El lago Argentino está bajo. No hubo invierno. Adolescentes y no tanto no pudieron practicar patinaje sobre hielo con el auto o la camioneta familiar. Las avutardas suenan como viejos cazas a pistón cuando vuelan rasantes sobre los pajueranos. Importante: pase por la vereda del restaurante Makoy y grite “Viva Córdoba”. El chef es de Deán Funes y se nota: la mano sutil del hacedor de cabritos rejuvenece al cordero más capón y civiliza a la liebre más chúcara.

Truenos de hielo 

El actor es lugareño y sabe dónde hace guarida el puma y que el guanaco es bueno para empanadas. Eso anima los 80 kilómetros hasta el murallón de hielo que haría enmudecer al mismísimo Jon Snow. 

El primer contacto íntimo de este cronista con el Perito Moreno fue en marzo y desde Berlín, cuando coordinó por teléfono la transmisión en vivo de la ruptura. Ver su cara sur en persona, sin turistas sobre el lomo y desde un barco deshabitado me provoca ganas de rezar, insultar y, al final, opto por cerrar el pico y robarle el retrato que abre este cuaderno. Al quebrarse, el hielo truena como cañón. Trozos del tamaño de ómnibus de dos pisos caen al lago planchado, prodigio que el “Manzana” señala como bendición. Pida que el “Manzana” lo guíe, el baqueano con más años y un gran tipo. 

El cielo cubierto colabora. El hielo joven es celeste bandera y el viejo, azul de Prusia como el golfo San Matías. En días de sol, la blancura del espejo del tamaño de la Capital Federal enceguece. Bloques que no han respirado durante más de cinco mil años flotan a la deriva como cubitos del color de las esmeraldas. 

El latido del gigante

Media botella de whisky olvidada por los organizadores de caminatas y un comentario de Juliana Rodríguez, editora del suplemento Número Cero, en la primera foto subida a las redes ponen frutillas sobre la gran torta helada. "Es como caminar sobre azúcar", dispara la ruluda en el muro de quien suscribe y -como siempre- da en el blanco. 

La nieve congelada cruje como la cubierta de una crema catalana, como el baño de un alfajor de los nuestros y apenas cinco centímetros abajo tiene transparencia de vidrio y temple de acero. 

Lengas y guindos de 700 años. Arbustos de calafate endulzan la mirada más avinagrada. No hace frío. No es por el whisky. Mugen las vacas salvajes. Se escapan de las estancias y vuelven a lo que eran antes de los alambres. 

Los guardaparques las frenan a fusil. Suenan disparos entre cañadones. Esta pluma se interna en una de las grietas verticales para sentir cómo late el gigante. Arrastra los pies sobre su pista de piedra. El sonido se parece al de los mocasines de un bailarín al rozar las baldosas de la Sociedad Belgrano: “shic, shic”.

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